Semanario de Prensa Libre • No. 394 • 19 de febrero de 2012

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D reportaje central

Complot contra Barrios

Otra versión indica que la muerte de Justo Rufino Barrios fue planificada por militares guatemaltecos.

Barrios

MONUMENTO DEL CAUDILLO, en la Plaza Barrios, zona 1 capitalina.
Foto Prensa Libre: ÓSCAR ESTRADA

 

Por ROBERTO VILLALOBOS V.
Fotoarte BILLY MELGAR


El general Justo Rufino Barrios había decidido que los países de Centroamérica conformaran una sola República, aún con el uso de la fuerza. Así pues, la Campaña de la Unión se había puesto en marcha.

Corría el año de 1885. Las tropas nacionales desfilaban por las calles de la capital rumbo a la frontera con El Salvador para iniciar la invasión. Pero entre las filas castrenses iban algunos soldados camuflados que se disponían a dar un golpe. Su propósito: eliminar al general. Así inicia la historia de este complot.

Esta es la otra versión de la muerte del general Justo Rufino Barrios. No se trata del relato conocido, el cual refleja una heroica batalla en Chalchuapa, donde, se supone, fue muerto por una bala salvadoreña.

Esta teoría está basada en los estudios de Luis Beltranena Sinibaldi, integrante de número de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, documentos de Antonio Batres Jáuregui, una extensa crónica publicada en el desaparecido diario El Patriota del 2 de agosto de 1891 —edición que se conserva en la Hemeroteca Nacional— y en libros de diferentes historiadores.

El tirano

En 1871, Miguel García Granados empezó el movimiento liberal en Guatemala. En 1873 Barrios lo sucedió en la Presidencia para continuar con la ideología.

Sin embargo, para Glenn David Cox, profesor de Historia del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco Marroquín, Barrios solo “era un liberal de nombre” cuyo “chicote era la Constitución”. “El poco liberalismo que practicó llevaría el sello del positivismo de Auguste Comte, lo cual lo cataloga entre los segundos liberales hispanoamericanos que son ‘constructores de Estado’, es decir, ‘constructor autoritario’”, explica.

Esa autoridad ya se notaba desde que García Granados estaba en el poder. En aquella época Barrios era el comandante general de Quetzaltenango. “Ambicioso y bien armado, parecía apercibirse a empresas personales que despertaron recelos en el Gobierno”, escribe el historiador Manuel Valladares Rubio en su obra Estudios históricos (Editorial Universitaria, 1962).

El investigador Beltranena Sinibaldi señala a Barrios como el responsable de haber expulsado del país a los jesuitas y suspendido garantías como las de libertad de pensamiento y el derecho de reunión. Tales decisiones ocasionaron el levantamiento de varios pueblos.

Ante esta situación, Barrios reaccionó y emprendió la expedición conocida como la Pacificación de Oriente, la cual, según Beltranena Sinibaldi, solo significó “crueldad, azote de sangre y desolación, donde hubo innumerables fusilamientos, tormentos contra mujeres y niños, confiscaciones, saqueos y toda suerte de violencias contra la propiedad y libertad”. De esa forma se ganó muchos enemigos.

Barrios en la Presidencia

Desde la capital, el batallón de Mixco, que había estado acuartelado en el Fuerte de San José, se enfilaba hacia Jalapa para invadir El Salvador.

Entre los militares había enemigos escondidos, pues muchos de ellos habían sufrido los vejámenes ocasionados por Barrios durante la Pacificación de Oriente, años atrás. De hecho, Jalapa fue uno de los lugares más castigados.

“Preparate porque (entre ellos) va el que va a matar a Barrios”, le dijeron a Alejandro M. Sinibaldi, primer designado a la Presidencia en caso de que el general faltara en el poder. M. Sinibaldi rechazó aquella indicación, pues creía en el entusiasmo del pueblo por la declaración de la Unión Centroamericana, proclamada el 28 de febrero de 1885.

Escribe Antonio Batres Jáuregui: “Solo un guatemalteco anciano y honorable, un político sagaz, habló con franqueza al general Barrios; fue don Pedro de Aycinena, quien llamado por el Presidente y requerido por él, predijo mal fin a aquel movimiento militar”.

Batres Jáuregui también apunta que, cierta mañana, el general recibió un cablegrama del Gobierno de Washington DC manifestando que “vería con malos ojos que se impusiera la unión por la fuerza de las armas”.

Pese a que EE. UU. se oponía, Barrios no iba a ceder. “Lo que soy yo no me echo atrás, suceda lo que suceda, aunque el cielo se venga abajo”, exclamó el caudillo, según cita Batres Jáuregui. Así, los preparativos bélicos continuaron.

Tan adelantado estaba el propósito de unir a las repúblicas centroamericanas que, incluso, el mandatario de El Salvador, el doctor Rafael Zaldívar, llegó a Guatemala para hablar con Barrios.

Beltranena Sinibaldi asegura que en esa ocasión, entre los dos gobernantes llegaron a un acuerdo: Zaldívar entregaría Chalchuapa a cambio de 50 mil pesos plata.

En tanto, Barrios procuró enviarle 15 mil pesos plata a Luis Bográn, presidente de Honduras, a cambio de su apoyo incondicional a la Unión. Dicho dinero nunca llegó, debido a los sucesos posteriores.

En la base

Al iniciar la campaña de invasión, Barrios hizo cambios en el batallón Jalapa. Relevó del mando al coronel Vicente Bonilla Cruz y lo sustituyó por el coronel Antonio Girón. “Tal cambio tenía por causa la desconfianza de Barrios por los sentimientos contrarios que dejara la pacificación —de Oriente—. No se le ocultaba que los hombres de hoy eran los niños de ayer en quienes prendió el terror”, señala Beltranena Sinibaldi.

Justo Rufino Barrios llegó a Jalapa el 1 de abril de 1885. Iba disgustado, pues EE. UU. y México se habían opuesto a la forzada Unión de Centroamérica. Pero como era tarde para retroceder, confiaba en que los países del norte terminaran por aceptar la disposición.

Barrios tenía prisa en llegar a Chalchuapa y de allí dirigirse a Santa Ana y luego a la capital salvadoreña. Las tropas de los generales Camilo Álvarez y José María Reina Barrios ya atacaban a los salvadoreños en la hacienda Magdalena. En tanto, el batallón de los Jalapas, bajo el mando del coronel Girón, había ganado la acción del Coco.

Batres Jáuregui incluye un interesante relato en La América Central ante la historia. Es el testimonio del coronel José Ángel Jolón, ayudante en el Estado Mayor Presidencial de Barrios y testigo presencial de la muerte del caudillo. “Como a las seis de la tarde llegó al Cuartel General un viejecito salvadoreño, acompañado de un hijo suyo, a hablar con el General Barrios… No se alejó Jolón de la tienda del Jefe: y así pudo oír bien claro que Barrios le decía a los salvadoreños: ‘Los cincuenta mil pesos están listos, para que ustedes en las dos mulas que traen, los lleven; pero me explica bien el camino que debo tomar para mi entrada —a Chalchuapa—, pues todo está convenido’”.

Los salvadoreños contestaron “que entrara con su Estado Mayor por una vereda que indicaron; y que ya Zaldívar podría salir del país y dejar la plaza en poder de los guatemaltecos; porque tenía un buque listo para huir, pues quedaría El Salvador revuelto”. Esto sucedió poco antes del alzamiento del batallón Jalapa.

La rebelión

Temprano, el 2 de abril, Barrios visitó los campamentos de los generales Álvarez y Reina Barrios. Al primero se le ordenó avanzar para interceptar el camino entre Chalchuapa y Santa Ana. El segundo debía cubrir la retaguardia de Álvarez y darle refuerzos.

Respecto de los Jalapas, estos deberían tomar posiciones frente a las trincheras de los salvadoreños en el lugar conocido como Casa Blanca. Después de dar sus órdenes, Barrios volvió al Cuartel General a eso de las 8 horas. Desayunó y luego se tendió en una hamaca.

Después se incorporó para unirse con los integrantes de su Estado Mayor. Los oficiales trataban de localizar un tiroteo distante que unos atribuían a las tropas de Álvarez. Sin embargo, a nadie le pasó por la mente que el fuego procedía de los Jalapas, que se habían amotinado.

Poco después llegó el oficial Claudio Ávila “desmontado, jadeante de fatiga”. Pidió permiso para hablar con el general Barrios y, una vez en su presencia, le dijo: “—Debo— informarle que los Jalapas no quieren pelear y se piden órdenes para fusilar unos dos o tres de los insubordinados para hacerlos entrar en acción”.

Exclamó el caudillo: “¡Solo esto me faltaba! ¿Qué trabajos habrá habido? Esto es grave, solo yo lo arreglo… Tráiganme mi yegua”.

El motín había iniciado en la madrugada. El batallón Jalapa había tomado parte en la acción del Coco, en la cual resultó muerto el coronel Bonilla Cruz. Luego embistieron Casa Blanca, pero a poco de iniciarse la lucha, cayó mortalmente herido el primer comandante, coronel Antonio Girón. También cayeron otros oficiales y la brigada quedó prácticamente sin jefes. A esto se sumaba el hecho de que el batallón se negaba a seguir en combate.

En esos momentos, la artillería de Guatemala estaba a dos millas de Chalchuapa; los salvadoreños ya no contestaban al fuego enemigo. De esa cuenta, Barrios ordenó que cesaran los cañonazos y exclamó: “Mañana a las once almorzaremos en Chalchuapa”.

Con los Jalapas

Las malas noticias del oficial Claudio Ávila cambiaron el curso de la historia.
Barrios aceleró el paso para arreglar las cosas con el batallón Jalapa. Iba acompañado de su yerno Urbano Sánchez, José Ángel Jolón, Calixto Ramírez y otros oficiales. El historiador Rafael Meza no descarta la posibilidad de que la insurrección de los Jalapas fuera obra de los enemigos internos del caudillo.

De hecho, la sedición de los Jalapas se narra en otros documentos. Un panfleto del general José María Reina Barrios —sobrino del caudillo—, de título Campaña de la Unión Centro Americana. Sucesos de 9 días (1885), firmado con el anagrama Rosario Yérjabens, confirma los rumores de conspiración cuando escribe: “Estos soldados —los Jalapas— se comportaron ese día de la manera más cobarde e infame. Se cree que estaban ganados y aleccionados por miserables traidores”.

Una narración del historiador Antonio Valenzuela también se refiere a la conjura: “Súpose efectivamente en aquella época, y se repite ahora, que, cuando salió de esta capital el 18 o 19 de marzo de 1885, la tropa del Guarda de Mixco, que presta sus servicios en la Fortaleza de San José, se había acordado entre ellas y algunas de Oriente suprimir al déspota en primera oportunidad, la cual a no dudarlo, iba a presentárseles propicio en todo el curso de la campaña que contra El Salvador se inauguraba”.

Al llegar Barrios con los Jalapas, le señalaron que su negativa a entrar en combate se debía a que el coronel Girón los trataba mal. Entonces el dictador les ofreció ser su jefe y la tropa lo vitoreó.

De acuerdo a Beltranena Sinibaldi, el coronel Andrés Téllez —hombre de confianza de Barrios—, se le acercó y le dijo: “Encárgame a mí el batallón, nómbrame su jefe, porque tú no debes abandonar tu puesto e ir a pelear; conmigo entrarán gustosos”.

El general descartó aquellas observaciones, pues consideraba que la lucha contra las trincheras de Casa Blanca sería estéril. Barrios sabía qué camino seguir y por dónde entrar en Chalchuapa, porque los mensajeros de Zaldívar le indicaron con pormenores qué ruta seguir.

Los cronistas difieren en cuanto a lo que siguió después de que Barrios asumió el mando del batallón Jalapa.

Según Beltranena Sinibaldi, el dictador ordenó que el Batallón formara en columna de marcha y lo siguiera. Sin embargo, nadie advirtió que ocho soldados comandados por el cabo Onofre Ovando se habían adelantado para tomar posiciones y emboscarlo.

Mientras tanto, Barrios empezó la cabalgata con su tropa. El general no pensaba entablar combate con los atrincheramientos de Casa Blanca, sino avanzar sin contratiempos, pues “todo estaba convenido”.

La emboscada

La tesis de Beltranena Sinibaldi indica que, a medida que el conjunto se aproximaba, los conjurados se aprestaban al acto final. Se escuchaban algunas descargas lejanas de fusilería, pero no era fácil localizar el sitio en que se producían. De pronto se oyó una muy próxima. La tropa se detuvo porque el general José Ángel Jolón gritó: “¡El patrón se ha caído!”.

En efecto, Barrios, herido de muerte, soltó las riendas, se inclinó sobre su izquierda, cayó convulso y rodó por la inclinación del suelo hacia la zanja que separaba la vereda de platanares. Acudieron de inmediato para auxiliarlo; el general nada decía y su sangre corría por sus ropas.

Los de la emboscada, con rapidez, se bajaron de los árboles y se unieron a los de la tropa de Barrios, confundiéndose entre todos.

Parte del panfleto escrito por Reina Barrios señala: “Este lamentable acontecimiento dio lugar para que algunos cobardes soldados de Jalapa que vieron caer al Benemérito General Barrios, se retiraran del lugar del combate y divulgasen entre algunas tropas el triste suceso”.

En la emboscada también murieron Urbano Sánchez y el cadete Adolfo V. Hall, a quien Barrios recién había promovido de rango, “por el valor y resolución que desplegó en el motín de los Jalapas”.

De inmediato, los oficiales que sobrevivieron al ataque decidieron trasladar el cuerpo de Barrios a Jutiapa. En el hospital local, el cirujano Joaquín Yela hizo el reconocimiento. “Al incidir y abrir el tórax pudo darse cuenta del poder destructivo de la bala y establecer fehacientemente que había sido disparada desde arriba abajo. Penetró por el hombro derecho entre el peto y el espaldar de acero que el caudillo usaba en lugares de peligro… Al penetrar rompió la cabeza del húmero, cruzando transversalmente la cavidad pectoral, seccionó la aorta, desprendió el corazón y salió por el séptimo espacio intercostal izquierdo”, indica Beltranena Sinibaldi en su tesis.

Luego se ordenó que el cadáver fuera trasladado a Cuajiniquilapa —hoy Cuilapa—, Santa Rosa. Hasta allá llegó el médico Pepe Monteros llevó lo necesario para embalsamarlo, así como el uniforme de gala y un féretro de lujo para colocarlo y transportarlo a Guatemala.

El corazón de Barrios fue entregado en un envase de vidrio cerrado a Carlos J. Monge, secretario y amigo del caudillo. La reliquia fue llevada a la capital y entregada a la viuda, Francisca Aparicio de Barrios, quien, llevándola consigo en un viaje a Estados Unidos, la arrojó sin ceremonia alguna por la borda del barco, en el Pacífico.

El batallón Jalapa se dispersó y sus soldados llevaron a las otras unidades de combate la noticia de la muerte del dictador. En Guatemala y El Salvador se comentaba el suceso de Chalchuapa y todos coincidían en que Barrios había sido ajusticiado en venganza por viejos agravios.

En El Salvador, no obstante, circuló la versión de que una bala de ellos había librado a Guatemala de la satrapía que la agobiaba.

En este país, hasta ahora, se le considera como “un mártir caído en defensa de la patria”.

  • El general Justo Rufino Barrios aún despierta controversia. Para algunos solo fue un dictador que se ensañó contra los indígenas. Otros, en cambio, lo exaltan y le llaman El Reformador. Lo cierto es que por todo el país existen numerosos monumentos en su honor. Destaca la estatua instalada en la plaza que lleva su apellido: Barrios, situada en la 9a. avenida y 18 calle de la zona 1 capitalina.

    Otros monumentos dedicados a su memoria se encuentran en el parque Centroamérica y en la plazuela El Calvario, Quetzaltenango, así como en la entrada a la ciudad de San Marcos.

    Parques, escuelas, colonias y zonas militares llevan su nombre. Existe, además, un himno a Justo Rufino Barrios, el cual llegó a cantarse por todo el país hasta mediados del siglo pasado. Una de sus líneas dice: “Gloria a Barrios, el jefe unionista que en Chalchuapa valiente murió”.

    Su imagen también aparece en el billete de Q5, con una pequeña leyenda que reza: “Reformador del país e impulsor de la Unión Centroamericana”.

    Incluso, la Torre del Reformador —antes llamada Torre Conmemorativa, con diseño basado en la Eiffel de París— fue erigida en 1935 en ocasión del centenario de su nacimiento. Fue inaugurada por otro dictador, Jorge Ubico, el 19 de julio de ese año.
  • Onofre Ovando y su escuadra fueron reconocidos como los ejecutores del general Justo Rufino Barrios.

    Los barristas aprovecharon para rodear la muerte del dictador con una aureola heroica para cubrir con ella el recuerdo penoso de una tiranía violenta y despiadada, que fue por sí misma la negación rotunda de los principios enarbolados por la Revolución Liberal de 1871.

    Otros sectores quisieron procesar a los supuestos culpables, pero esto no sucedió.

    Lo último que se supo de Ovando fue que se había marchado a Escuintla y que trabajaba en el ingenio Mirandilla, entonces de la familia Batres Sinibaldi.

    Aun con las lagunas de la muerte del dictador, hasta ahora prevalece la versión que supone una gesta heroica: “Barrios murió gloriosamente en lucha por la más noble de las causas; la unión de Centroamérica”.

    Luego de su caída, la Asamblea Legislativa suprimió el decreto general del 28 de febrero de 1885 y el 90 del 5 de marzo que daban vida a la Unión.

    La tesis del Luis Beltranena Sinibaldi señala que si Barrios no hubiera muerto en Chalchuapa, la Unión se hubiera logrado, pues Nicaragua y Costa Rica nada hubieran podido hacer contra la coalición de los ejércitos de Guatemala, El Salvador y Honduras. “Pero es obvio que conseguido el triunfo militar habrían surgido movimientos separatistas”, refiere su investigación.


   

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