
Censura
Una de las acciones más terribles que
puede ejercer una sociedad es la
censura. Es deleznable porque significa
que quien la ejerce es incapaz
de debatir con ideas y necesita la fuerza, la
intimidación, la supresión de la idea material,
para imponer una forma de pensamiento
tratando de hacer valer únicamente
su punto de vista.
Es una falta de respeto porque asume que
los que no comparten su medida de hecho no
son capaces de decidir por sí mismos qué les
gusta. Es cobarde porque puede vestir de
inmundicia algo cuyo fin es proponer una
alternativa sin facilitar un concilio en el que
se conozca sobre la diversidad, la verdad y
formas de pensamiento que son atacadas
porque de alguna forma se les teme.
Lo más curioso es la fuerza y la curiosidad
con la que el público se vuelca hacia lo
censurado. Pareciera que a pesar de las
amargas experiencias que experimentan algunos
personajes todavía hay quienes se
creen portadores de verdades absolutas.
Es la censura, precisamente, la que alimenta
el machismo, el femicidio, la discriminación,
la opresión, el ostracismo, etcétera.
Esta forma de tacha pretende señalar, aislar,
neutralizar y descalificar, amparándose en
valores que parecieran justos, y por ende con
la “cualidad” de decir qué sí y qué no es lo
que debemos leer, ver, escuchar, sentir, seguir.
La lista de posibilidades es interminable.
Las artes visuales chapinas tienen en su
haber histórico uno de los actos más cobardes
de censura ejercidos sobre una exitosa
mujer. Hay que recordarse de la fuerza
contundente con la que se reprimió la producción
de Antonia Matos, en 1934. Lo más
terrible fue que en su retrospectiva del 2002,
con sus imágenes superadas, la oficina de
Correos se permitió ejercer una censura sobre
la invitación. A veces, señores censores,
el tiro les sale por la culata.
guillermonsanto@yahoo.com
poema

Foto Prensa Libre: ARCHIVO
Madrigal
Yo me haré millonario una noche
gracias a un truco que me permitirá fijar las imágenes
en un espejo cóncavo. O convexo.
Me parece que el éxito será completo
cuando logre inventar un ataúd de doble fodo
que permita al cadáver asomarse a otro mundo.
Ya me he quemado bastante las pestañas
en esta absurda carrera de caballos
en que los jinetes son arrojados de sus cabalgaduras
y van a caer entre los espectadores.
Justo es, entonces, que trate de crear algo
que me permita vivir holgadamente
o que por lo menos me permita morir.
Estoy seguro de que mis piernas tiemblan,
sueño que se me caen los dientes
y que llego tarde a unos funerales.
Nicanor Parra,
poeta chileno (1914 ). Premio Cervantes del 2011.
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