Semanario de Prensa Libre • No. 420 • 12 de agosto de 2012

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D frente

Jeannyffer Campos
Tasso, el eterno vecino
del Centro Histórico
Desde su llegada a la ciudad —y al país—, hubo mística entre la zona 1 y este belga de corazón chapín.

tasso
“También aprendí mucho de Guatemala. ¿Cómo no hacerlo, si aquí es donde más he vivido?”

Texto y fotos
josÉ luis escobar

De Tasso se ha escrito mucho, y de todo lo publicado hay algo de lo que nunca se le separa: el Centro Histórico. En el primer fin de semana del festival que se organiza en el casco antiguo de la capital, este emblemático vecino de la zona 1 recomienda asistir a las actividades culturales, disponibles en la página festivaldelcentrohistorico.com.

Tasso (1921) se encuentra en una nueva etapa, una mucho más calmada. Desde ella contempla sus seis décadas de vida en el país. Aunque desconoce la fecha en que se publicarán sus memorias, está a la expectativa, y con su característico humor, indica: “Ojalá sea pronto, porque si no tendré que agregar los recuerdos de otros 60 años”.

Solicitud de entrevista

Nada mejor que una calle con el nombre de quien se desea entrevistar para dar con su hogar. Bueno, no una calle, un callejón para ser precisos. Durante la administración de Óscar Berger, en la Municipalidad, el tramo de la 6a. avenida A, entre 10a. y 11 calles, se renombró Callejón Tasso Hadjidodou por una sencilla razón: este singular belga —adoptado desde 1949 por Guatemala y vinculado durante 45 años con el ámbito cultural y diplomático de Francia— vive en la prolongación de ese punto. Más referentes de que me encuentro cerca de su morada es el café que lleva su nombre —a una cuadra, en el interior de una librería— y la estatua suya que fue colocada en una de las bancas del Paseo de la Sexta, a media cuadra de su hogar. “Ah, el callejón. Para mis conocidos en el extranjero sigue siendo motivo de asombro y hasta de risa. Pocos creen que de verdad haya en Guatemala una calle con mi nombre”, me diría luego Tasso cuando le comenté de mi primer intento por localizarlo. Primer intento, porque nadie respondió a la puerta. Pero el día no terminó en vano. De mi antigua agenda telefónica desempolvé un número de celular y llamé.

—Buenas tardes. ¿Hablo con Anastasios Hadjidodou? Tasso es un hipocorístico, e intencionalmente no lo usé para captar su atención.

—Sí, respondió. Y acordamos un encuentro al día siguiente.

Creí que revisitaría su vivienda, la cual conocí en el 2004, cuando charlamos acerca de la condecoración que el Congreso de la República le entregó por su trayectoria como promotor de la cultura en nuestro país. Fue cuando le dieron la Orden del Quetzal en grado de Gran Cruz.

En esa oportunidad su residencia me pareció un ambiente híbrido, ecléctico. Había algo de museo en el mobiliario, otro poco de archivo o centro de documentación sobre algunos muebles y también algo de biblioteca.

El día del encuentro

“Uy, qué bueno que no entró entonces. Porque la apariencia no ha cambiado mucho”, dice sonriente cuando finalmente nos reunimos en Casa Ibargüen, anexo del Centro Municipal de Arte y Cultura, otrora Palacio de Correos. Una vez a la semana asiste a una reunión donde se tratan asuntos relacionados con el Centro Histórico. “Pero hoy solo van a discutir temas presupuestarios. Por eso mejor le dije que nos juntáramos”, me cuenta.

Tasso frecuenta esas reuniones en calidad de presidente honorario del Festival del Centro Histórico, el cual comenzó el jueves último en su 15 edición. Pero no es esa la única razón para sus visitas. Es regular que lo haga por las mañanas, de lunes a viernes. Eso, indica, lo ayuda a ejercitarse —algo que también el médico le ha recomendado— y a estar en contacto con nuevos proyectos.

Minutos antes de nuestro saludo, desde la esquina del Arco de Correos, lo vi llegar. Mientras esperaba el cambio del rojo al verde, contemplé que sus pasos quizás ya no guardan la celeridad de cuando se subía solo a las camionetas y, desde la zona 1, se transportaba a la Embajada de Francia —primero en la zona 10, y luego en la 14—. Ahora hay alguien que lo acompaña, y cuando necesita desplazarse a lugares distantes lo llevan en automóvil. Pero eso no merma su firme andar en la cultura.

Acerca del Festival del Centro Histórico, comenta: “Es un evento que vi nacer, y estoy orgulloso de que se haya convertido en un festival muy sólido y esperado. Hay que seguir trabajándolo y continuar con la recuperación de la zona 1, porque el Centro es un tesoro”.

¿En qué invierte sus días, luego de más de 40 años de trabajo?

Por muchos años mis días comenzaron con la lectura de los periódicos. Ahora esa es una actividad que me cansa. Pero mientras tomo el desayuno, prefiero escuchar los telenoticieros. Sucede que aprecio mucho el debate con mis interlocutores luego de las transmisiones. Después pido que me lleven a caminar por la Sexta Avenida o al Hipódromo del Norte o al Campo de Marte. Disfruto mucho más ahora las visitas de mis amigos y excompañeros de trabajo. Dependiendo de la hora y la distancia, voy también a ciertas actividades culturales, pero ya no lo hago con la misma frecuencia que antes.

¿Escuchó alguna vez que de usted se dijo que era capaz de estar en dos lugares al mismo tiempo?

(Ríe). Sí. Es muy gracioso. Sucede que siempre he sido muy cumplido, o he tratado de serlo. Debido a que me desenvolví en el ámbito diplomático y cultural, recibí invitación a muchos eventos. Varias veces hubo más de uno en el mismo día y casi a la misma hora. Por suerte, los amigos también eran muchos, así que de un sitio a otro siempre conté con alguien que me llevara en su auto. Quizás no me quedaba a todo el evento, pero llegaba los minutos necesarios para saludar a los conocidos, a los organizadores o a los artistas.

¿Parece que disfruta de una nueva etapa?

He disfrutado de cada etapa en la vida. ¿Cómo dejar de hacerlo con esta? No voy a lamentarme de mis años, y como tengo facilidad para olvidar lo desagradable, es mucho lo bueno que tengo para recordar y agradecer. Nací en 1921. Desde niño aprendí mucho. Recuerdo que con apenas 6 años ya era un visitante frecuente de museos. Eso fue cuando aún estaba en Bélgica, donde entablé amistad con los trabajadores de los museos ubicados en un parque llamado Del Cincuentenario. Pero aprendí mucho en casa, antes de comenzar a estudiar. Por ejemplo, mi madre me enseñó francés y griego, ya que tengo raíces griegas. Eso es algo que bien se aprecia en mi apellido, que para algunos es todo un trabalenguas. Hasta sé que hay bromas al respecto. Desde luego también aprendí mucho de Guatemala. ¿Cómo no hacerlo, si aquí es donde más he vivido?

El señor de la estatua

“Voy a ir a caminar. ¿Me acompaña?”, dice Tasso al ver que la reunión de la que se escapó está por terminar. Desde luego, acepto.

En el pausado andar de Casa Ibargüen a la banca con su estatua, Tasso comenta que su primera noche en Guatemala la pasó en el edificio La Perla, en compañía de su esposa Marielle Basyn, ya fallecida. Fue, dice, una especie de aviso de la relación que guardaría con la zona 1, ya que desde hace 63 años reside en el Centro Histórico.

Cuando llegamos a la banca, Tasso se ubica a la par de su efigie. De inmediato los transeúntes comienzan a fotografiarlo. “¡Es el señor de la estatua!”, “son igualitos”, “hasta el chaleco le hicieron”, son algunas de las frases de los curiosos.

Tasso toma el sol del mediodía y hasta parece posar para las cámaras. Después de cinco minutos y muchos clics, continúa su camino a casa. Se despide y dobla por la esquina, dispuesto a aprovechar al máximo esta nueva etapa de su vida.

  • Nació en 1921 en Bélgica. Reside en Guatemala desde 1949.
  • Laboró 35 años para la embajada francesa, y 40 en la Alianza Francesa.
  • Escribe la columna Tassoliloquios, en Prensa Libre.
  • Es políglota. Entre los 10 idiomas que habla están el griego y el flamenco.


   

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