Semanario de Prensa Libre • No. 426 • 23 de septiembre de 2012

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D frente

Julia Isabel Urrutia Castellanos
Médico con doble esfuerzo
Próxima a los 90 años, la vitalidad de esta tenaz guatemalteca parece no mermar. Luego de una vida entregada a la docencia y a la lucha por los derechos de la mujer se ha trazado nuevos objetivos.

Julia
“Se me diagnosticó esclerodermia, una enfermedad poco común”.

Por josÉ luis escobar

El vigor de esta guatemalteca contrasta con la imagen que la mayoría podría tener de una octogenaria.

En la voz de Julia Urrutia hay vitalidad y en su mente permanecen intactos los momentos que marcaron su vida.

Algunos de esos instantes son su graduación del Instituto Normal Central para Señoritas Belén, sus primeros empleos, el nacimiento de sus cuatro hijas y el activismo internacional de su madre en la lucha por los derechos de la mujer —algo que también heredó—. Todo ocurrió mientras era veinteañera y el país transitaba de la era ubiquista (1931–1944) al gobierno de Juan José Arévalo Bermejo (1945–1951).

El 17 de agosto último, doña Julia cumplió 89 años. Se jubiló en 1962 de la docencia, luego de dos décadas de trabajo en diferentes escuelas del país, y comenzó con ahínco su faceta como promotora y capacitadora en los temas de sexualidad, salud reproductiva, planificación familiar y empoderamiento de la mujer.

Aunque ya no forma parte de la planilla, Urrutia continúa participando como colaboradora en La Oficina Nacional de la Mujer y en la Convergencia Cívico Política de Mujeres.

Escribir sus memorias y sus anotaciones en el tema de equidad de género son su nuevo reto, para lo cual ya cuenta con una computadora —cuyo uso admite aún debe dominar— y el apoyo de una nieta, quien la asesora. “Quiero cancelar mis suscripciones (tres de matutinos y una de un vespertino) y navegar en la red para seguir con la lectura de mis periódicos. Ya no quiero acumular más papel”, comenta doña Julia.

Ejerció como maestra 20 años, ¿de dónde surgió su vocación por la docencia?

La pasión por el magisterio la tuve siempre. Desde pequeña quise ser maestra. Cuando estaba comenzando la secundaria vi cómo se pospuso mi deseo. Tomé un frasco de vitaminas en una sola noche y dejé de recordar muchas cosas. Los especialistas recomendaron que por dos años me alejara de las aulas, en lo que mi cuerpo se desintoxicaba. Estaba por suceder la Revolución del 20 de Octubre de 1944 y quería estudiar en el Instituto Central Normal para Señoritas Belén, pero las condiciones económicas en mi familia no lo permitían. Cuando Arévalo Bermejo llegó a la presidencia hubo reformas educativas, las cuales ocasionaron que finalmente me inscribiera. Era 1945 y tenía 22 años.

¿Cómo fueron esos años de formación?

Hubo muchos momentos gratos, como las viernestinas. En ellas, el maestro de educación musical interpretaba temas de algún compositor y los alternaba con datos biográficos. Estas reuniones fueron instituidas por la educadora catalana María Solá de Sellarés, a quien Arévalo Bermejo encomendó la dirección del Belén. Su labor luego se extendería también al teatro, presentó algunas obras en el instituto y al menos participé en una. Hay por cierto una iniciativa para darle su nombre al Teatro de Arte Universitario, de la Universidad de San Carlos.

¿Conoció más allá de las aulas a De Sellarés?

Con ella tuve una relación que trascendió de alumna y directora. La conocí mucho porque fui interna los últimos dos años de mi carrera. Todo surgió porque mis padres no podían seguir costeando mi formación. Mi padre era linotipista y mi madre ama de casa. Éramos siete hermanos. Al contarle mi decisión de dejar las clases para apoyar a mi familia ella me hizo desistir. Doña María dijo: “No, Julia. Usted no puede dejar de estudiar, es una persona inteligente y debe seguir adelante. Yo la voy ayudar”. Y entonces propuso al claustro de maestros que me internara. Con doña María platiqué mucho, la estimaba bastante.

¿En qué año se graduó y cuál fue su primer empleo?

Me gradué de maestra en 1948 y se nos entregó a cada una en la promoción un nombramiento. A una compañera y a mí nos asignaron a una escuela de San Pedro Sacatepéquez, en el departamento de Guatemala. Junto a mi madre decidimos visitar el lugar antes de comenzar formalmente a trabajar. Cada una preguntó por su lado y el panorama que encontramos fue desolador: había desprestigio hacia las maestras debido a los amoríos de una de ellas con un carnicero. Eramos considerados unos borrachos, a la escuela le hacía falta un muro, por eso cualquiera entraba en ella, y en las familias de la localidad había rechazo a que sus hijos, particularmente las niñas, asistieran a clases.

¿Cómo logró que llegaran niños?

Comenzamos a plantear nuestras necesidades al delegado de Educación y con el alcalde se habló para multar a aquellos que no enviaran a sus hijos a la escuela. Todavía así, la gente prefería pagar la multa. El alcalde fue uno de ellos. Hicimos una intensa jornada de visitas para hacer entrar en razón a los padres. Como la principal preocupación era que las hijas descuidaran los telares, se acordó que los llevarían a la escuela. Había muchos árboles de durazno y las clases se alternaban con el bordado. Solo así pudimos llenar la escuela.

¿Cuánto tiempo permaneció en esa escuela?

Fueron pocos meses. Acepté una propuesta para enseñar en Petén. En Poptún se estaba estableciendo una colonia agrícola fundada por el presidente Arévalo y se necesitaban maestros. Si el transporte para San Pedro era esporádico ya se imaginará cómo era llegar a Petén en esa época. No había ruta terrestre y una vez al mes llegaba un avión. Mi trabajo ahí fue muy placentero durante dos años. Estando en el norte conocí al que ahora es mi esposo, un ingeniero capitalino. Él trabajaba en proyectos, en diferentes departamentos. Por esa razón dejamos Petén y nos trasladamos a San Pedro, en el departamento de San Marcos.

Tuvo una vida errante

Sí. En San Marcos fueron casi tres años. Luego mi marido fue trasladado a la capital. En Guatemala también roté por diferentes escuelas, como maestra. Y luego, como supervisora de educación también visité muchos establecimientos, de diferentes zonas. Tuve diferentes interrupciones en mi historial laboral. Como eran los años más activos del sindicalismo, obtuve apoyo para obtener empleo con cada mudanza, aún así, hubo temporadas en las cuales pasé penas, especialmente cuando mi esposo se separó y quedé con la responsabilidad de mis cuatro hijas. Los contactos que mi madre logró debido a su activismo en el movimiento feminista también fueron un importante apoyo.

¿Considera que de su mamá nace el compromiso por el tema de los derechos de la mujer?

Mi madre y mi padre fueron de pensamiento revolucionario. Él fue obrero y ella ama de casa, pero participó en la Alianza Femenina y representó a Guatemala en el Primer Congreso de los Pueblos por la Paz en Checoslovaquia. Mi mamá colaboraba con la esposa de Jacobo Árbenz Guzmán, iba a los mercados y concienciaba a las mujeres para que defendieran sus derechos como seres humanos. Sí, de ella aprendí mucho.

Se jubiló luego de dos décadas de enseñanza, ¿qué ha hecho desde entonces?

Apuesto por la igualdad de género. Aunque dejé formalmente la docencia y trabajé tanto en aulas del gobierno como privadas, considero que nunca he dejado de ser maestra.

Desde los años 1970 comencé a trabajar en agrupaciones que promueven los derechos de la mujer. La Asociación Pro Bienestar de la Familia de Guatemala, la Oficina Nacional de la Mujer y la Convergencia Cívico Política de Mujeres son algunas instituciones donde me desarrollé como educadora en temas de sexualidad, derechos reproductivos y desarrollo. Ya no es la misma rutina de antes, pero continúo como colaboradora en dichas organizaciones.

¿Cuál es su mensaje para las guatemaltecas?

Tienen que dignificarse como mujeres y proyectarse en el desarrollo del país. No pueden ser solamente hombres los que participen. Todas tenemos que intentarlo, dignificarnos primero y superar el estereotipo que nos ata al hogar, a tener hijos y a cuidar al marido. No digo que esas facetas se excluyan del rol femenino, sino que debemos recordar siempre que tenemos que desarrollarnos como seres humanos y participar en la sociedad.

  • Nació en 1923. A los 25 años se graduó de maestra en el Instituto Belén. Comenzó a trabar en 1949 y se jubiló después de dos décadas de docencia.
  • Luego, en los años 1970, comenzó su faceta como promotora de los derechos de la mujer. Continúa activa en este campo, como colaboradora.
  • Ha recibido, entre otros reconocimientos las ordenes Francisco Marroquín y del Quetzal.


   

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