Semanario de Prensa Libre • No. 427 • 30 de septiembre de 2012

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D frente

Dora Barrios Ruiz
La nieta del Reformador
Elegante, alegre, vivaz. Dora Barrios Ruiz cuenta anécdotas de su abuelo y algunos detalles de su vida.

frente
“Don Justo anduvo por ahí regando hijos”.


Por Roberto Villalobos Viato
Fotos Carlos SebastiÁn

En abril de 1871, Miguel García Granados y Justo Rufino Barrios encabezaron una rebelión armada para derrocar al gobierno conservador del presidente Vicente Cerna.

Tras meses de lucha, el ejército revolucionario —de ideología liberal— venció y entró en la Ciudad de Guatemala el 30 de junio de aquel año. De esa manera empezaba la Revolución Liberal, una época en la cual se introdujeron reformas en el país, tales como la separación de la Iglesia del Estado, reconocimiento de la libertad de cultos, constitución del matrimonio civil, educación laica, creación del Registro de la Propiedad Inmueble, fundación de la Escuela Politécnica, aprobación del Código Civil (1877) y la emisión de la Constitución de la República (1879).

Por ello, al general Barrios —quien gobernó desde 1873 hasta su muerte, el 2 de abril de 1885— se le conoce como el Reformador.

Pero Barrios, según la Historia, también causó dolor a su pueblo. Investigaciones como las del historiador Luis Beltranena Sinibaldi señalan, por ejemplo, que su expedición conocida como la Pacificación de Oriente solo significó “crueldad, azote de sangre y desolación, donde hubo fusilamientos, tormentos contra mujeres y niños, confiscaciones, saqueos y toda suerte de violencias contra la propiedad y libertad”. En pocas palabras se le tilda de tirano.

En Guatemala aún existe una numerosa descendencia del general Barrios. Una de las pocas nietas —acaso la única— que aún vive es Dora Barrios Ruiz. “Don Justo, mi abuelo, tuvo muchos hijos regados, y a la mayoría no los reconoció”, cuenta en esta entrevista. “Creo que soy la última, al menos de la familia que reconoció”, indica.

Dora Barrios Ruiz, nacida el 5 de julio de 1921, es hija de Natalia Ruiz y de José Barrios Galín. Este último, fruto de la relación entre el Reformador y Soledad Galín.

El expresidente Barrios, sin embargo, estuvo casado oficialmente con Francisca Aparicio, con quien tuvo siete hijos, varios de los cuales murieron a temprana edad. Cuando lo mataron, Aparicio y sus hijos se marcharon a Estados Unidos y, después, a España. “Esa familia ya no regresó a Guatemala”, revela Barrios Ruiz.

Hoy, Barrios Ruiz tiene 91 años. “Tuve dos hermanos, Julio y Jorge, ambos fallecidos. Fueron condecorados por el Ejército de Estados Unidos, pues participaron durante la Segunda Guerra Mundial”, relata.

Doña Dora ha vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos, entre Miami y Chicago. Allá nacieron sus dos hijos. “Por un tiempo trabajé en un hospital, y luego en el negocio de bienes raíces”, comenta.

La nieta del Reformador aún se mantiene activa y lúcida. Se levanta temprano, va al gimnasio, conduce automóvil y, cuando amerita, se toma una copa de vino.

“Don Justo le dio bastantes problemas a sus padres; tenía una vida alegre. Por ahí anduvo regando hijos...”, dice, con una sonrisa.

¿Qué piensa de su abuelo?

Soy su admiradora. Fue un hombre que hizo algo por su patria.

Pero la historia lo pinta como un tirano.

No creo que haya hecho sufrir a la gente y mucho menos que gozara con ello. Tuvo muchos enemigos y, en varias ocasiones, se tuvo que enfrentar a la disyuntiva de “o me matan o los mato yo”. Recuérdese que hay que defenderse. Claro, con eso no lo justifico. No lo conocí, pero para mí es más importante saber que quiso levantar a Guatemala.

Sin embargo, eso contradice lo escrito en los libros. Se afirma, por ejemplo, que cedió un extenso territorio nacional a México a cambio de nada.

Habrá tenido sus razones, pero le aseguro que quería mucho a su país. No lo puedo juzgar. ¿Hizo cosas malas? Puede ser.

Uno de los grandes sueños de Barrios fue la unión centroamericana.

Este país hoy sería como México o Estados Unidos. En cambio, somos una serie de finquitas. El general murió al tratar de cumplir ese sueño.

¿Quién cree que lo mató?

Dicen que fueron los amotinados del batallón Jalapa. Otra hipótesis indica que fue por una bala de los salvadoreños. Lo único que se sabe es que murió en Chalchuapa. ¿Quién fue el verdadero asesino? Creo que nunca se sabrá.

¿Era necesario que Barrios fuera al campo de batalla?

El general era un líder. Ya quisiera ver a otro presidente guatemalteco encabezar sus filas, como lo hizo mi abuelo. Ahora, de seguro, se quedarían aquí “chupando” (bebiendo) y mandarían a otros a librar la batalla.

¿Considera que su abuelo aprovechó el poder para enriquecerse?

Él provenía de una familia acomodada, así que tampoco creo que haya robado. En cambio, ahora se ve a los políticos llenos de dinero y la gente todavía los aplaude. También están los actuales diputados, que tienen un sueldo escandaloso para la pobreza que hay en el país.

Pero tampoco se puede negar que Barrios era pretencioso, pues tenía una espada con hoja toledana, empuñadura de oro y adornos de brillantes, rubíes y esmeraldas.
Eso es algo que yo no... A él le gustaba... Yo también soy pretenciosa, y eso que soy una mujer de 90 y la madre de años (ríe).

Aparte de eso, ¿usted tiene otro rasgo similar al de su abuelo?

¡Sí, y es que ambos somos tercos! No dejar que me manden lo heredé del general. Por ejemplo, decidí saltar de paracaídas cuando tenía más de 60 años. Mis hijos me dijeron: “Usted siempre hace lo que le da la gana” (ríe).

Pero es que eso de lanzarme era una de las tres cosas que tenía que hacer antes de morir. Es muy emocionante. Recuerdo los nervios que tuve esa primera vez, cuando escuché “On your marks, get set, ¡go!” (En sus marcas, listos, ¡fuera!).

¿Qué otras cosas debía cumplir?

Tener un Mercedes Benz y aprender a tocar piano. Ya está hecho, solo que no aprendí a ejecutar bien ese instrumento (ríe).

¿Qué recuerdos tiene de su infancia?

No crecí en un lugar lujoso solo por ser descendiente del general Barrios. Yo, por ejemplo, como con la muchacha que hace la limpieza en mi casa; cuando se va, le doy un abrazo. No soy como ciertas familias acomodadas, que mandan a comer a su servidumbre a otro lado, incluso en platos distintos. Mis padres, a mí y a mis hermanos, nos enseñaron que todos somos iguales.

¿Su padre contaba anécdotas del general?

A él casi no lo tengo en mente, pues yo tenía 10 años cuando el cáncer le quitó la vida. Solo recuerdo que a su funeral llegó Jorge Ubico, entonces presidente del país y amigo de mi papá. Iba montado sobre un caballo enorme y lindísimo.

¿Y su mamá?

Ella también era liberal, pues su padre era Gregorio Ruiz, uno de los firmantes del Acta de Patzicía, un documento que desconocía al gobierno de Vicente Cerna y que ratificaba el apoyo a los líderes de la Revolución Liberal, encabezada por Miguel García Granados y Justo Rufino Barrios.

¿Qué le pasa por su mente al ver el retrato de su abuelo en los billetes de Q5?

Estudié mi primaria en el Instituto Belén, y cada vez que se conmemoraba el 30 de junio —Día de la Revolución Liberal de 1871—, las directoras decían delante de todos: “Y ahora les vamos a presentar a la nieta de Justo Rufino Barrios”, pero yo decía en mi mente: “Sí, yo soy. ¿Y qué con eso?”.

Confieso que hasta hace poco me di cuenta de quién fue mi abuelo, de lo que significó para el país. Ahora, cuando lo veo en los billetes de Q5 o en una estatua, siento un gran orgullo.

¿Pese a lo negativo que se dice de él?

Le respondo esa pregunta con un poema de Ismael Cerna, contemporáneo y férreo opositor de mi abuelo. El texto se llama Ante la tumba de Barrios. Este es un fragmento: “Yo de tu implacable tiranía / una víctima fui, yo que en mi encono / quisiera maldecirte todavía, / no olvido que un instante en tu abandono / quisiste engrandecer la Patria mía. / Y en nombre de esa Patria te perdono”.


   

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