Los cosacos guerreros rusos
No quieren permanecer al margen
de la historia como los samuráis.

Desfile militar cosaco
Por IGNACIO ORTEGA
Beber como un cosaco, bailar como un cosaco, cabalgar y pelear como un cosaco. A lo largo de la historia, pocos pueblos han despertado tanta admiración y temor como esta etnia.
Para muchos, ruso y cosaco fueron durante mucho tiempo sinónimos. La imagen de los cosacos montados en sus caballos, con sus bombachos, gorros de piel y sables, sus hazañas y tradiciones, aún perduran en nuestra memoria gracias a las numerosas novelas que los inmortalizaron. Salvajes, mercenarios al mejor postor, pendencieros, buscavidas, piratas de agua dulce, demonios a caballo. Sobran los adjetivos. En resumen, cruzados de su propia causa: la libertad.
Los cosacos del 2012 no quieren permanecer al margen de los vientos de la historia como los guerreros samuráis o los caballeros templarios. Se comportan como si fueran la reserva espiritual y moral de Rusia. Defienden con fiereza un código de honor que tiene tres dogmas: la libertad, la tradición y la disciplina.
Aunque han jurado lealtad al Estado ruso, siguen rigiéndose por sus propias reglas; tradición quiere decir respeto a los mayores, a los valores ancestrales del pueblo ruso, es decir, a la fe ortodoxa, y disciplina militar, en el sentido de que están dispuestos a combatir en cualquier momento y situación. Son ultranacionalistas, lo que conviene al Kremlin, pero asusta a los demócratas liberales y a las minorías étnicas.
“Nos consideramos un pueblo, independientemente del sistema político vigente. Vivimos como una sociedad étnica con nuestras propias tradiciones, valores y costumbres. Pero no vivimos en el pasado, nos hemos adaptado al siglo XXI”, asegura Konstantín Perenishko, yesaúl (capitán) de los cosacos de Kubán, región meridional rusa bañada por el Mar Negro.
Los cosacos mantienen que las leyes aprobadas tras la caída de la Unión Soviética los rehabilitaron como uno de los pueblos represaliados por las autoridades comunistas. “Somos un pueblo como otros (tártaros, chechenes, osetas) y oficialmente tenemos derecho a existir y desarrollarnos en el marco de las fronteras rusas”, añade.
No todos están de acuerdo con esa definición. Historiadores y opositores aseguran que en Rusia apenas quedan descendientes de cosacos, ya que sus auténticos integrantes murieron durante la Guerra Civil, la Primera Guerra Mundial y la represión soviética, o emigraron a Turquía, Europa Occidental y América.
Aseguran que los que se autoproclaman cosacos no son más que tradicionalistas que añoran el retorno de un zar y respaldan la mano dura. Para sus críticos, los cosacos son una casta o estirpe militar que no tiene hueco en la sociedad moderna.
En los años recientes, el presidente ruso, Vladimir Putin, ha intentado insertar a los cosacos en la sociedad, al reconocer sus derechos, su heráldica, uniformes y jerarquía como fuerza militar al servicio del Estado ruso. De hecho, ya existe un consejo para asuntos cosacos adscrito al Kremlin que cifra en varios millones su número en Rusia, aunque otros creen que solo quedan unos cuantos cientos de miles en todo el país.
Hay numerosas organizaciones cosacas reconocidas por la ley en el sur de Rusia (Kubán), en el Cáucaso (Térek), en el mar Caspio (Ástrajan) y en el Lejano Oriente, entre otras regiones. También existen importantes comunidades cosacas en Europa, Estados Unidos y América Latina que conservan fielmente sus tradiciones.
ESTO FUE LO que siempre soñaron los cosacos, convertirse en una de las principales
fuentes de reclutas de las fuerzas armadas para proteger las fronteras del país, como
hicieron durante siglos con las fronteras del imperio zarista.
Los niños cosacos reciben una estricta educación patriótico-militar en las decenas de
escuelas, asociaciones culturales, clubes deportivos y academias de cadetes que hay por
toda Rusia.
EFE-Reportajes
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