Semanario de Prensa Libre • No. 430 • 21 de octubre de 2012

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Megaurbes artificiales
Para la arquitectura todavía no hay nada imposible.


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CONGRESO NACIONAL EN Brasilia, diseñado
por Óscar Niemeyer en los años cincuenta.

Por Eduardo Bielsa

Brasilia, Dubái, Las Vegas y Osaka forman parte de un grupo de construcciones artificiales que han superado las barreras de la naturaleza y que constituyen un ejemplo de cómo para la arquitectura todavía no hay nada imposible.

El sueño de todo arquitecto ha sido y es construir a sus anchas. Desde que Las Vegas sentara las bases de las megaconstrucciones artificiales en territorio de nadie, otras ciudades han nacido para demostrar que la naturaleza ya no impide nada.

El siglo XX trajo consigo la superación de las barreras naturales de aire, mar y tierra. Mientras que los asentamientos del pasado buscaban la cercanía a fuentes de recursos naturales como ríos o la protección táctica que ofrecían las montañas, los nuevos solo requieren una buena inversión y un sitio donde posarla.

Los macroproyectos de ocio son un ejemplo de ello y están a la orden del día. Eurovegas, la réplica europea de Las Vegas, que albergará Madrid en un futuro próximo, se intentará conformar con ser la tercera en la clasificación de las ciudades del juego.

Macao y Las Vegas son por ahora de las mayores construcciones hoteleras del ocio. El sueño americano de Las Vegas, uno de los principales atractivos turísticos de EE. UU., lo componen sus casinos destellantes y sus hoteles que evocan los principales monumentos del mundo, como la Torre Eiffel o las pirámides de Egipto.

Por otra parte, una joven Ellen Page hacía realidad, eso sí en la ficción, la ambición de muchos arquitectos. En Inception, Leonardo DiCaprio, dejaba a la imaginación de una estudiante la construcción de una ciudad entera, que jugaba incluso con las leyes de la física.

Pero la realidad va más allá de la ficción cuando hablamos de países como Dubái y Japón, que han sorteado los obstáculos de la naturaleza para sus pretensiones urbanísticas.
En el caso del Archipiélago, y como consecuencia de la falta de espacio terrestre en el país, se construyó una isla artificial para albergar en la bahía de Osaka el aeropuerto de Kansái, que fue inaugurado oficialmente en 1994.

La terminal, diseñada por el arquitecto italiano Renzo Piano, Premio Pritzker en 1998, está unida a la ciudad nipona por un puente de cuatro kilómetros para tráfico rodado y ferrocarril, y tuvo que vérselas contra los frecuentes terremotos que azotan Japón y que implicó una fuerte inversión en ingeniería civil.

La financiación parece no tener límite en Dubái. Desde que la inmobiliaria Nakheel, filial del consorcio Dubai World, decidiera poner en marcha la Palm Yumeiraah, una isla artificial cercana a la costa con forma de palmera, el emirato no ha hecho nada más que demostrar que la arquitectura puede con todo.

A ella se le sumaron más tarde los proyectos de crear dos réplicas y un controvertido archipiélago artificial llamado The World Islands que, junto a los rascacielos y hoteles, entre los que destaca el Burj Al Arab, situado también sobre una isla artificial, hacen de Dubái un horizonte al ras de las nubes.

En América Latina es Brasilia la que se lleva las palmas de la espontaneidad de la nueva arquitectura. El brasileño Óscar Niemeyer, discípulo del mismísimo Le Corbusier, tuvo la suerte de dibujar sobre plano la que sería la futura capital de su país, que más tarde sería declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

Obras como el Palacio de Planalto —sede de la presidencia—, el Palacio da Alvorada —residencia oficial—, el complejo del Congreso Nacional, la Plaza de los Tres Poderes, el Palacio de Itamaraty —cancillería— y la Catedral salieron de su mente.

Una idea que se hizo realidad en los años de 1950 y que ahora conformaría con seguridad una posición de privilegio en la Exposición Internacional de Arquitectura que se celebra cada dos años en la bella Venecia, y donde se dan cita nuevas propuestas singulares en los ámbitos de la construcción y la arquitectura.

De su edición número 13 destaca por su iniciativa el proyecto Olmos, que presentó Perú, y al que el propio comisario de la exposición, Enrique Bonilla, calificó de una “utopía andina”. La propuesta pretende llevar ni más ni menos el agua desde el Amazonas hasta la costa peruana del Océano Pacífico, y con ello construir un túnel de 20 kilómetros por la cordillera de los Andes.

Pero eso no es todo, el pack incluye el levantamiento de una nueva ciudad, que pese a su novedad trate de respetar la forma que tenían las creaciones artesanales de la civilización moche, que durante la época precolombina ocupaba las tierras del proyecto.

EFE-Reportajes

 

   

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