Semanario de Prensa Libre • No. 431 • 28 de octubre de 2012

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D mundo

Mercado de pulgas
Han existido desde hace siglos en la llamada Ciudad de la luz, París.


pulgas
EN ALGUNOS RINCONES de estos centros se
pueden encontrar auténticas rarezas.

Por Andrea Olea

Como una brújula incompleta que señala los puntos cardinales de la capital francesa, los mercados de pulgas Saint-Ouen, Porte de Vanves y Porte de Montreuil marcan los confines de la ciudad, al norte, al sur y al este, respectivamente, ofreciendo no solo el más amplio espectro de cachivaches imaginable, sino también una importante reserva de gangas para los buscadores de tesoros.

Los Marchés aux Puces han existido desde hace siglos en París. Ya durante la Edad Media la gente sin recursos seleccionaba, reciclaba y salvaba todo objeto susceptible de ser revendido por unas pocas monedas.

Esta tradición en su versión original subsiste hoy a duras penas, al igual que quienes la practican, a la entrada del mayor centro de antigüedades del mundo, el conocido Mercado de Saint-Ouen.

Bajo el puente de Puerta de Montmartre, con la péripherique —la circunvalación que rodea el área metropolitana de la capital— sobre sus cabezas, decenas de los apodados biffins o traperos se apiñan tratando de vender por céntimos lo que han recogido durante la noche en las calles o en las basuras de la ciudad. Los llaman pescadores de luna, por sus incursiones nocturnas, aunque, a primera vista, la actividad de estos hombres y mujeres de escasos recursos no tiene poesía alguna.
Nadie diría que se trata de los precursores de los mercados de pulgas y que hasta el siglo XVII disponían de una licencia especial, como la de los taxistas hoy en día, concedida por la Prefectura de París, para ejercer su oficio.

Posteriormente las autoridades quisieron limpiar la ciudad de su poco elegante presencia y trasladaron a estas personas fuera de la capital, por lo que en la actualidad solo resiste dentro del área metropolitana de París el mercado de Vanves.

Centro de antigüedades

Desde su pequeña tienda de arte, el presidente de la Asociación de Pulgas de París Saint-Ouen, Nicholas Moufflet, lucha por la supervivencia de este mercado de más de un siglo de historia que, reivindica, es el mayor centro de venta de arte y antigüedades del mundo.

Siete hectáreas de terreno albergan una docena de mercados y mil 200 comercios que, pese a abrir solo tres días por semana —de sábado a lunes facturan €350 millones al año, unos US$453 millones—, gracias a los entre 120 mil y 150 mil visitantes que se pasean por allí cada fin de semana.

“Nuestros comercios reportan el 50 por ciento de los ingresos generados por esta actividad en la región de Île-de-France, y el 15 por ciento de toda Francia”, explica Mouffle.

Los esfuerzos de este comerciante nato, que salpica de saludos en todos los idiomas a los esporádicos clientes que curiosean entre los lienzos, se hacen palpables en la multitud de iniciativas que ha tomado para mantener a Saint-Ouen visible entre el gran público.

Desde la edición de una guía desplegable en tres dimensiones que se distribuye en los hoteles de cuatro y cinco estrellas hasta el publirreportaje en forma de fotonovela que ha logrado colocar en una de las revistas femeninas más conocidas de Francia, Moufflet quiere que Saint-Ouen sea visita obligada para parisinos y turistas.

Su mayor logro hasta ahora ha sido cautivar al director de cine estadounidense Woody Allen para hacer aparecer el mercado en la película Midnight in Paris.

Hace 15 años las pulgas de Saint-Ouen lograron el estatus legal de Zona de Protección del Patrimonio Arquitectural, Urbano y Paisajístico, lo que de momento lo pone a salvo de las mandíbulas de las excavadoras. Mientras, el mercado de Vanves sigue intentando un reconocimiento similar, sin el mismo éxito.

Bordeando la autopista se encuentra este otro mercado de pulgas, el único intramuros de París, donde decenas de pequeños puestos ofrecen muebles y objetos del siglo XVIII, XIX, o de los años cincuenta y setenta, pero también muebles de jardín, cámaras de fotos y radiorreceptores antiguos, y, en general, curiosidades para todos los gustos.

“Supongo que todos tenemos un trastero”, dice, encogiéndose de hombros Jean-Pierre, uno de los comerciantes, para explicar su variopinta mercancía.

Poco después otro invita a adquirir un sillón de Philippe Stark por €200, que en catálogo cuesta €2 mil, asegura.

La oferta de este último ilustra el raro milagro que se produce de tanto en tanto en este tipo de mercadillos: un encuentro fortuito como tantos otros se convierte en un hallazgo con mayúsculas, como el ocurrido al coleccionista Marc Pagneux, una mañana de sábado de 1989.

Este experto en fotografía se llevó por 600 francos —algo más de €90 o US$116— el primer retrato fotográfico conocido, una instantánea de dos minutos de exposición de un tal Huet, tomada en 1837, nada menos que por Louis Daguerre, lo que hizo retroceder de golpe toda la historia de la fotografía.

El bazar de Montreuil, en pie desde 1860, completa el trío de los mercados parisinos, pero su espíritu no se agota, mucho menos en la capital francesa.

De hecho, estos pintorescos lugares donde se puede encontrar lo inimaginable han proliferado por todo el mundo.

EFE-Reportajes

 

   

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