Semanario de Prensa Libre • No. 431 • 28 de octubre de 2012

Portada | Contacto | Directorio | Prensa Libre


   > D lector
   > D cartas
   > D todo
   > D memoria
   > D frente
   > D arte
   > D imágenes
   > D ciudad
   > D reportaje central
   > D mundo
   > D farándula
   > D viajes
   > D sabor nacional
   > D lecciones de vida

 


D reportaje central

Batalla contra Satanás

Si el mal es espiritual, la medicina debe ser espiritual. Por eso, aún se practican los exorcismos.

RC

Por Roberto Villalobos Viato
IlustraciÓn Julio Lago M.

El diablo existe. Es un ser oscuro. Furioso. Maligno. Es el príncipe de las tinieblas. Es el que quiere la destrucción del mundo y la condenación eterna de la humanidad. Es el enemigo de Dios.

Así lo define la fe cristiana y sus diferentes denominaciones.

“Es tan poderoso que puede tomar el control de un ser humano”, dice el sacerdote Abelardo Pérez Ruiz, de la diócesis de Sololá. “¿Por qué lo permite Dios? Es un misterio”, agrega.
Cuando un espíritu del mal entra en una persona, la fe católica hace rituales especiales para expulsarlo. “Los exorcismos son la respuesta de la Iglesia ante las acechanzas de mal”, explica el sacerdote Luis Alberto Mejía, secretario del arzobispo Óscar Julio Vian.

Los exorcismos se practican desde los tiempos bíblicos. “Jesús ha sido el mayor exorcista de todos los tiempos. Solo basta una orden suya para expulsar al demonio”, refiere Pérez Ruiz.
De hecho, en la Biblia existe evidencia de estos casos. “El primer signo de poder de Jesucristo, en el evangelio de San Marcos, es un exorcismo. Aparece predicando en una sinagoga y, ante su palabra, un hombre grita y empieza a contorsionarse, pues tiene un mal espíritu. Jesús, de inmediato, lo libera”, apunta el sacerdote Hugo Estrada, en su libro Hablemos del diablo (Editorial Salesiana, 2012).

Hoy, los exorcismos aún se practican. “Tienen una base bíblica”, comenta el padre Estrada. “El evangelio de Marcos es claro en esto, pues consigna que Jesús dijo: ‘Estas señales van a acompañar a los que crean. En mi nombre expulsarán espíritus malos’”.

¿Enfermedades?

Los exorcismos ganaron terreno por el desconocimiento de enfermedades. Durante los tiempos bíblicos y en la Edad Media, por ejemplo, los ataques epilépticos o la esquizofrenia eran catalogados como “posesiones demoníacas”.

Debido a los avances de la ciencia, la Iglesia ha reformulado sus procedimientos. “No estamos en contra de los conocimientos médicos, pero hay que tener en cuenta que, algunas veces, ni ellos pueden curar ciertas enfermedades”, expone Pérez Ruiz, quien ha hecho exorcismos desde hace 20 años. “En esos casos aplicamos nuestros métodos, aunque, en ningún momento, medicamos a la gente”, aclara.

En la Iglesia Católica existen dos clases de rituales: las “oraciones de liberación” y los “exorcismos clásicos”. Lo más común es que se haga lo primero. “Se trata de la imposición de manos y una plegaria para terminar con las vejaciones producidas por un espíritu del mal”, afirma Estrada.

Los “exorcismos clásicos” o “grandes exorcismos”, en cambio, solo los ejecutan sacerdotes autorizados por su obispo, según el numeral 1172 del Código de Derecho Canónico. “Estos se efectúan cuando se comprueba que una persona está poseída por el diablo”, asegura Estrada. “Son casos muy raros”.

Se dice que San Juan Bosco fue atacado mientras escribía un libro sobre el diablo. El Santo Cura de Ars y el padre Pío también fueron atacados por el maligno, según la tradición católica.
El Papa Juan Pablo II efectuó al menos tres exorcismos. El primero de ellos, el 27 de marzo de 1982, reconoce la Santa Sede.

En Guatemala, personas de escasos recursos económicos, sin acceso a atención médica adecuada, acuden a la Iglesia para encontrar remedio. Es común que sus enfermedades la atribuyan a posesiones demoníacas.

¿Se trata de un cuadro psicótico o psicológico? “Una persona que cree estar poseída, en realidad podría tener alguna patología histérica o esquizofrénica”, indica la psicóloga Regina Fernández.

“Lamentablemente, hay muchos grupos que organizan reuniones para sugestionar a la gente y, a través de un canto que se repite constantemente, crean una sensación de liberación que, a veces, les hace precipitarse al suelo y entrar en convulsiones”, refiere, en reciente entrevista, el padre José de Jesús Aguilar, del arzobispado de México.

El padre Mejía, del arzobispado de Guatemala, cuenta sus experiencias: “En una aldea de Sacatepéquez vivía una muchacha que supuestamente estaba poseída. Cuando llegué, me di cuenta de su realidad: estaba encerrada en un cuarto oscuro, húmedo y sin ventilación; tenía una profunda depresión. Los familiares suponían que estaba
endemoniada, pero ellos mismos la trataban mal”.

Otra anécdota es cuando vio a un joven semidesnudo en la calle. “Se revolcaba en el suelo y la gente que estaba alrededor le echaba agua bendita. El sacerdote que estaba conmigo invitó a todos a que se retiraran. Cuando el joven ‘poseído’ vio que ya nadie le hacía caso, se calmó. La realidad era que tenía un trastorno mental”, recuerda.

“Hay que tener cuidado, porque a veces es difícil saber si se trata de una enfermedad o de la posesión de un espíritu del mal”, expone Pérez Ruiz.

Durante los siglos XVI y XVII, los exorcismos casi desaparecieron. En el XVIII se empieza a negar la existencia del demonio.

“La culpa es de la cultura laica, del ateísmo predicado a las masas y del racionalismo del mundo científico. La Iglesia Católica es víctima de esta imponente influencia. Tanto así que los exorcistas casi han desaparecido. Una gran culpa la tienen los obispos. ¿No les corresponde acaso nombrar en las propias diócesis al menos un exorcista? Sí, a ellos les toca. Pero con frecuencia no hacen nada. ¿Por qué? Porque son ignorantes en la materia”, se lee en el libro El último exorcista: mi batalla contra Satanás, del padre Gabrielle Amorth, quien desde 1986 es el exorcista del Vaticano.

A las puertas del demonio

“Hay varias maneras de abrirle las puertas al demonio”, explica Pérez Ruiz. “Una es por medio del pecado. Otra, mediante la práctica del ocultismo, como el juego de la güija, la lectura de cartas o pedirle cosas a Maximón”, afirma.

La tercera forma, según la doctrina católica, es por un “trabajito” que una tercera persona pudo haber encargado contra alguien. “En esas situaciones, se recomienda una oración de liberación”, indica el padre Estrada.

Pérez Ruiz es autor del libro Me llaman Maximón, cuyo título se basa en una experiencia que tuvo durante un exorcismo. “Le pregunté al espíritu del mal por su nombre. Me respondió: ‘Me llaman Maximón’”.

En Guatemala, mucha gente cree en esa figura, a quien también relacionan con la cristiandad. Al respecto, Pérez Ruiz expresa: “Maximón es un fenómeno de gravísima corrupción religiosa, del cual solo Dios sabrá el daño que tendrá en los cuerpos y en las almas”. El padre Estrada coincide con él: “Maximón es diabólico”.

Los sacerdotes, sin embargo, también afirman haber recibido casos de personas que, aunque “son de misa diaria”, resultan con signos de posesión.

“Creo que esa gente, en realidad, hace oraciones poco profundas. A los mismos apóstoles de Jesús les sucedió. Un día le preguntaron al Maestro: ‘¿Por qué no pudimos expulsar al demonio?’, a lo que Él les respondió: ‘Porque ustedes tienen muy poca fe’”.

El remedio

¿Cuál es el mejor remedio contra el mal? “La confesión semanal”, dice el padre Pérez Ruiz. “Una confesión bien hecha es mejor que un exorcismo”, escribe Amorth en su obra.

Todo religioso católico debe conocer el ritual de los exorcismos, que está en latín. En enero de 1999, el cardenal Jorge Medina Estévez, prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, de la Santa Sede, presentó El nuevo rito de los exorcismos.

Jesucristo vino al mundo para anunciar el Reino de Dios (…) Vino para liberar al hombre del mal y del pecado, y también de todas las formas de dominación maligna. Por esa razón, Jesús expulsaba los demonios”, dijo en esa ocasión.

Para lograr un exorcismo el sacerdote llega convenientemente armado: una Biblia, una estola morada, un crucifijo engastado con la medalla de San Benito, agua bendita y un aceite especial —óleo de los catecúmenos mezclado con el que se emplea en el sacramento de la unción de los enfermos—.

Un caso (*)

Cuando un religioso autorizado por su obispo detecta el caso de una persona endemoniada, procede a efectuar el ritual. Así empieza la batalla contra Satanás.

—Que el mal recaiga sobre los que me acechan —dice el exorcista—. Yahvé, por tu verdad destrúyelos. De corazón te ofrezco sacrificios, celebraré tu nombre, porque es bueno, porque de toda angustia me ha liberado, y mi ojo se recreó en mis enemigos. Gracias al Padre…

—¡Cura, termina ya! ¡Cállate, cállate, cállate! —interrumpe el poseso, con sus ojos bien abiertos. Luego grita. Dice palabras soeces. Amenaza al sacerdote. Lo escupe. Está furioso.

El religioso lo ignora. Sigue con el ritual. Lo persigna una y otra vez. Eso le disgusta al maligno.
Pasa el tiempo y llega el momento para el Praecipio Tibi, una oración decisiva.

—Espíritu inmundo, escúchame: por los misterios de la encarnación, pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo; por la misión del Espíritu Santo; por el regreso de Nuestro Señor para el Juicio, te ordeno que me digas tu nombre. Obedéceme.

El poseso se agita. Trata de decir algo. Gime.

El sacerdote presiona: “Espíritu maligno, ¡te exorcizo en el nombre de Jesucristo! ¡Despréndete y huye del cuerpo de esta criatura de Dios!

Al instante, los ojos del poseído se vuelven hacia atrás. Su cabeza cuelga en el respaldo de la silla. Eleva aún más la voz. La situación es pavorosa. Los laicos que acompañan al exorcista lo sujetan con fuerza. Satanás está desencadenado y no cede ante las palabras.

La batalla continúa. El religioso insiste en saber el nombre del demonio. “Si tiene un nombre bíblico, como Satanás, Asmodeo, Belzebú, Baal o Lucifer, es más fuerte”, asegura el padre Amorth.

“Además, si revela cómo le llaman, es señal de que está casi derrotado”, refiere.
—¡Dime cómo te llamas! —reclama el exorcista—.

El poseso gesticula. Segrega mucha saliva. Vomita.

—¡Soy Lucifer! —dice, con una voz grave—.

El sacerdote no se aterroriza. En cambio, muestra autoridad.

—Lucifer, por la fuerza del Espíritu Santo, sal de este siervo de Dios. Te lo ordena el poder de aquel que te sometió con su cruz.

El poseído cae de la silla. En el suelo se agita aún más. Muestra una fuerza descomunal, impropia de alguien de su complexión física. El padre Amorth afirma que, en ocasiones excepcionales, ha observado cómo algunos levitan o escupen clavos de su boca. El padre Pérez Ruiz, en Sololá, conserva una cadena de metal que salió del cuerpo de una joven de unos 15 años. Asegura, también, que durante un exorcismo presenció cómo salían agujas de los pies de una persona.

—¡Lucifer! Escúchame —continúa el exorcista—. ¡Deja este cuerpo ya en el nombre de Dios!
Hay una larga calma. El exorcismo continúa. Aquella persona ya no está poseída. “A veces se necesitan unos pocos minutos, pero hay ocasiones que hay que hacer varios exorcismos por varios días, incluso años”, refiere Pérez Ruiz.

Lo importante es saber que “cuando Jesús está con nosotros, el diablo tiene que batirse en retirada. Sabe que no puede hacernos ni un solo rasguño”, dice el padre Estrada.

(*) La anterior es una historia basada en hechos reales, según documentan los libros del padre Gabrielle Amorth, exorcista del Vaticano.

 

El papa Cornelio, en el año 251, fue el primero en referir a los exorcistas como poseedores de un oficio sagrado.

Como institución sacramental, esta labor se estableció en el 516, con el papa Inocencio. Poco antes, a finales del 500, apareció el Statua Ecclesiæ Latinæ, el primer libro con fórmulas de exorcismo. El Malleus Maleficarum, la primera obra con contenido sistemático sobre la materia, apareció en 1494.

Entre los siglos XVI y XVIII, los exorcismos estuvieron a punto de desaparecer. El último exorcista: mi batalla contra Satanás, obra del sacerdote Gabrielle Amorth, afirma que a partir de entonces se empezó a negar la figura del demonio.

En 1884, sin embargo, la Congregación de ritos del Vaticano recibió del papa León XIII la oración a San Miguel Arcángel, quien, según la Biblia, defiende la fe en Dios contra los ataques del maligno. El 11 de junio de 1986, Amorth fue ordenado exorcista de la Diócesis de Roma. “La Iglesia no puede quedarse sin exorcistas, ya que son muchas las personas poseídas en el mundo”, indica.

En 1990 se fundó la Asociación Internacional de Exorcistas. Amorth, quien aún vive, fue su presidente hasta el 2000.

La Santa Sede, en 1999, presentó El nuevo rito de los exorcismos, vigente hasta hoy. En el 2005 organizó el primer curso sobre exorcismo y liberación, en la Universidad Regina Apostolorum, de Roma.

 

En esta rama de la cristiandad se efectúan “liberaciones”. El pastor Norman Parish, de la iglesia Cristo Centro Guatemala, las ha practicado por alrededor de 50 años. El primer caso que atendió fue cuando liberó a una joven, hija de un brujo, que estaba enferma y no sanaba. Para que el proceso fuera efectivo, Parish debió atenderla por tres días consecutivos.

En la iglesia evangélica no se emplea ningún tipo de imágenes. “Solo citamos la Palabra de Dios. Reprendemos, amarramos al demonio espiritualmente y lo despojamos de los derechos que pudiera tener sobre una persona”, afirma el pastor. “Hay mucha gente que viene conmigo; a veces no me alcanza el tiempo”.

Parish afirma que esa tarea es “ingrata”. “Una cosa es predicar y contar con el aplauso del público. Pero nadie se da cuenta cuando uno se enfrenta con el demonio. Lo importante es que la persona quede libre”, asegura.

 

   

© Copyright 2011 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.

www.prensalibre.com