Semanario de Prensa Libre • No.438 • 16 de diciembre de 2012

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D expresiones

Guillermo

Callejón de dolores

Francisco Pérez de Antón ha demostrado ser uno de los autores más calificados de su tiempo. Su trilogía La guerra de los capinegros, Los hijos del incienso y de la pólvora y El Sueño de los justos son parte de una literatura señera y refinada dentro de la panorámica contemporánea de la nación. Esto, debido a su emocionante composición literaria y los contenidos históricos que dentro de ellas nos regala generosamente su autor.

Uno tras otro los libros se convierten en una literatura singular que nos introduce en una no tan lejana época y que dibujan a un escritor bien informado, investigador profundo y con una capacidad aglutinante que se convierte en un tesoro para los curiosos que aman las facetas de Guatemala.

Callejón de dolores es una obra apasionante que atrapa desde las primeras palabras. Usa un alto lenguaje en el que no hay olvido para el cómo hablan los chapines en la intimidad. Sin embargo, es el buen uso de la lengua y sus reglas, lo que evita que las “tapadas” choquen durante la evolución de la novela.

Sus personajes, varios de ellos disímiles entre sí, poseen cada uno su propio encanto. La manera en la que se entrecruzan sus vidas a partir de un misterioso maletín es genial y tan cosmopolita que se convierte en universal. Estados Unidos, China, Panamá y Guatemala son parte de una conspiración que, a visión del letrado, bien podría ser el origen del crimen organizado.

En especial me agradó tanto la atención que les diera espacio en su historia a dos artistas visuales de la primera generación del siglo XX: Rafael Rodríguez Padilla, quien fundió y firmó el recipiente donde se armó la bomba que atentó contra la vida de Lázaro Chacón y Rafael Yela Günther, quien realizó la lápida del aviador accidentado en la historia. No pierda la oportunidad de dar un buen regalo esta Navidad.

guillermonsanto@yahoo.com


Poema

angel


Acuérdate de mí

Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.

Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna...
ni la muerte la puede aniquilar.

¡Acuérdate de mí!... Cerca a mi tumba
no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor.

Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que vengas a mi tumba a sollozar.


Lord Byron,

poeta inglés (1788-1824).


   

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