
Callejón de
dolores
Francisco Pérez de Antón ha demostrado
ser uno de los autores más
calificados de su tiempo. Su trilogía
La guerra de los capinegros, Los hijos
del incienso y de la pólvora y El Sueño
de los justos son parte de una literatura señera y
refinada dentro de la panorámica contemporánea
de la nación. Esto, debido a su emocionante
composición literaria y los contenidos
históricos que dentro de ellas nos regala generosamente
su autor.
Uno tras otro los libros se convierten en una
literatura singular que nos introduce en una no
tan lejana época y que dibujan a un escritor
bien informado, investigador profundo y con
una capacidad aglutinante que se convierte en
un tesoro para los curiosos que aman las facetas
de Guatemala.
Callejón de dolores es una obra apasionante
que atrapa desde las primeras palabras. Usa un
alto lenguaje en el que no hay olvido para el
cómo hablan los chapines en la intimidad. Sin
embargo, es el buen uso de la lengua y sus
reglas, lo que evita que las “tapadas” choquen
durante la evolución de la novela.
Sus personajes, varios de ellos disímiles
entre sí, poseen cada uno su propio encanto. La
manera en la que se entrecruzan sus vidas a
partir de un misterioso maletín es genial y tan
cosmopolita que se convierte en universal.
Estados Unidos, China, Panamá y Guatemala
son parte de una conspiración que, a visión del
letrado, bien podría ser el origen del crimen
organizado.
En especial me agradó tanto la atención que
les diera espacio en su historia a dos artistas
visuales de la primera generación del siglo XX:
Rafael Rodríguez Padilla, quien fundió y firmó
el recipiente donde se armó la bomba que
atentó contra la vida de Lázaro Chacón y
Rafael Yela Günther, quien realizó la lápida del
aviador accidentado en la historia. No pierda
la oportunidad de dar un buen regalo esta
Navidad.
guillermonsanto@yahoo.com
Poema

Acuérdate de mí
Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.
Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna...
ni la muerte la puede aniquilar.
¡Acuérdate de mí!... Cerca a mi tumba
no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor.
Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que vengas a mi tumba a sollozar.
Lord Byron,
poeta inglés (1788-1824).
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