Semanario de Prensa Libre • No.438 • 16 de diciembre de 2012

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“Debemos llevar propuestas”
D frente

Édgar Octavio Girón Castillo
Periodista en cuerpo y alma

“La comunicación es una profesión al servicio de la sociedad”, dice Édgar Octavio Girón, corresponsal de Prensa Libre durante 44 años.


frente
“El periodista tiene hora de entrada, pero no de salida”.

Por Roberto Villalobos Viato

Es un hombre cano, de caminar pausado y mirada nostálgica, pero con una clara y potente voz, como la de un locutor. Es un comunicador de mil batallas. Con experiencia. Cauto y sagaz. Ha sido corresponsal de Prensa Libre por casi 44 años, en Coatepeque, Quetzaltenango. Su nombre: Édgar Octavio Girón Castillo.

“Han pasado tantas cosas en todo este tiempo”, narra. “He tenido coberturas de todo tipo, desde los enfrentamientos entre el Ejército de Guatemala con la guerrilla hasta el seguimiento de diferentes eventos políticos, deportivos y sociales”, cuenta.

Girón Castillo nació en una familia de escasos recursos, en la aldea Gálvez, Flores Costa Cuca, Quetzaltenango, el 20 de noviembre de 1947.

Estudió hasta tercer grado de primaria en una humilde escuela. Luego, con el apoyo de una beca, completó su educación en dos instituciones diferentes. En 1968 se graduó de maestro en Educación Primaria Urbana, en el Instituto Normal para Varones de Occidente (Invo), donde descubrió su vocación para el periodismo. “Allí participé en la elaboración de varios periódicos y revistas escolares; también fui director del programa La Voz del Invo, que se transmitía por radio TGQ, La Voz de Quetzaltenango”, recuerda.

En enero de 1969 llegó a Coatepeque para trabajar en el magisterio. “En ese tiempo conocí a varios periodistas, quienes me guiaron en esta labor”, comenta.

En cierta ocasión, el escritor colombiano Gabriel García Márquez dijo: “Aunque se sufra como un perro, no hay mejor oficio que el periodismo”. Otra de sus frases célebres fue: “La ética debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón”.

El corresponsal Girón Castillo es un reflejo de las palabras de Gabo. Ha pasado por situaciones peligrosas. Se ha desgastado por el ejercicio de este trabajo. Se ha fajado por llevar la noticia hasta sus lectores. Y nunca, afirma, ha dejado a un lado la ética.

¿Cómo recuerda aquellos primeros años de trabajo?

En 1969, como maestro de primer grado de primaria, ganaba Q60 mensuales. Con eso pagaba un cuarto para vivir, la comida y algunos gastos más. Con ahorros compré mi máquina de escribir, una cámara de fotos y una motocicleta. En ese entonces empecé a redactar notas para el Diario de Centroamérica, La Nación, El Gráfico y Prensa Libre.

A mediados de ese año recibí un telegrama de José Santa Cruz Noriega, jefe de redacción de este matutino, para decirme que me uniera exclusivamente a este grupo y acepté. Me pagaban Q30 mensuales.

¿Dejó el magisterio?

No. Desde 1970 hasta el 2002 fui maestro. Me jubilé y, a partir de ese año, me he dedicado únicamente al periodismo.

¿Qué eventos son los más relevantes que le han tocado cubrir?

Estuve en los combates entre el Ejército de Guatemala y la guerrilla. Recuerdo que los soldados me decían: “Bueno, en 15 minutos vamos a ir al campo, ¿te venís?” Así que apenas tenía tiempo para agarrar mi equipo e irme con ellos. Algunas veces los acompañé en helicóptero, desde donde tenía que hacer fotografías en solo dos minutos.

También recuerdo la cobertura de la venida del papa Juan Pablo II a Quetzaltenango (7 de marzo de 1983). Asimismo, la vez en que un barco mexicano fue capturado en aguas guatemaltecas por haber entrado sin permiso —década de 1980—. Esa ocasión generó tensiones diplomáticas entre los dos países. Mis notas informaron de lo acontecido.

También fui a los campamentos de refugiados guatemaltecos en Chiapas y Campeche, México, quienes tuvieron que salir debido a la guerra interna en el país. Llegué allá para saber cómo eran sus condiciones de vida.

¿Cómo vivían?

Aún con sus limitantes, considero que vivían bien. Estaban en pequeños ranchitos, pero lo más importante era que tenían trabajo.

¿Alguna vez sintió temor por publicar alguna nota informativa?

Siempre se corren riesgos. Cierta vez, con otros periodistas, ingresamos en territorio mexicano para visitar a los refugiados guatemaltecos. Aquella era área restringida y no sabíamos que debíamos contar con un permiso especial, así que nos capturaron. Los agentes migratorios nos sometieron a presión psicológica, no nos dejaron hablar con el cónsul de Guatemala en México y nos dijeron que nos iban a trasladar al Distrito Federal para permanecer en prisión. Afortunadamente nos dejaron libres. Al salir de México, sin embargo, nos persiguieron y pensamos que nos iban a matar. En el trayecto nos quitaron material fotográfico, pero logré conservar algunos rollos. Con eso pude redactar mis notas.

También, durante la guerra interna, fui amenazado de muerte por el Ejército Secreto Anticomunista. En ese tiempo (1974) era presidente de la Asociación de Estudiantes de la Extensión Universitaria y, justo entonces, circularon panfletos con serias acusaciones contra un jefe de la Policía Nacional. Por eso tuve que esconderme por unos 15 días.

¿Lo han presionado para no publicar alguna noticia?

En esta profesión, usted sabe, se conocen las dos caras de la moneda, pero uno siempre debe informar con la mayor objetividad posible, dejando a un lado presiones de cualquier tipo.

¿Considera que hay mayor peligro para un corresponsal que para un reportero en la capital?

Esa situación era frecuente durante la guerra interna. De cierto modo, eso continúa, pero ahora hay otros peligros, como la de informar sobre narcotráfico o trata de personas.

Aquí, en Coatepeque, asesinaron a Jorge Mérida en el 2008, también corresponsal de Prensa Libre, quien informó sobre cuestiones de narcoactividad.

¿Qué se hace entonces?

La información debe ser tratada con mesura. Asimismo, los corresponsales debemos tener el respaldo de nuestros editores y del medio de comunicación en el que laboramos.

¿Cree que existe algún grado de autocensura?

No. Simplemente hay que ser mesurosos en el abordaje de las situaciones. Una acusación directa, sin pruebas y abordada de mala manera, puede ser mortal.

Cambiando de tema, cuénteme, ¿cómo era ser corresponsal antes del internet y de otros sistemas de comunicación e información?

Mandar notas desde la provincia hacia Prensa Libre, en la capital, era bastante difícil. ¡Ni siquiera había teléfono! Pedía a mis amigos radioaficionados que se comunicaran por mí con la sala de redacción —ríe—.

En cuanto a la elaboración de la noticia, las cosas también han cambiado. Después de una cobertura iba a un estudio fotográfico para que me revelaran los rollos; luego iba a mi casa para redactar en una máquina de escribir. Al terminar, de nuevo, iba al estudio para recoger las fotografías, rotularlas y empacar todo el material para mandarlo en un bus. A veces, a eso de las 8 de la noche, mis notas llegaban a Guatemala. Así fue, incluso, hasta la década de 1990. Luego vino la tecnología de punta, con la computadora, el internet, los teléfonos celulares y las cámaras digitales. El cambio fue duro, pero eso se aprende. Además, todo es más práctico.

¿Ha cambiado la línea editorial de Prensa Libre desde que usted empezó a trabajar?

Siempre se ha mantenido la línea en la cual se inspiraron los fundadores: hacer un periodismo independiente, honrado y digno.

  • Édgar Octavio Girón Castillo es corresponsal de Prensa Libre desde 1969.
  • Se desempeñó en el Magisterio desde 1970 hasta el 2002.
  • Ha colaborado con periódicos y revistas de Ecuador, México y Guatemala.
  • Es miembro de varias agrupaciones periodísticas y de servicio social.
  • Fue nombrado Ciudadano Distinguido en Coatepeque, Quetzaltenango (2004).
  • Recibió el galardón Isidoro Zarco por parte de la Cámara Guatemalteca de Periodismo (1991).
  • Corresponsal del Año de este matutino, en 1994.


   

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