Semanario de Prensa Libre • No.438 • 16 de diciembre de 2012

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D lo último de lo último

Punto final

Enseñar literatura

Estudiar literatura equivale a sumergirse en la época cuando surgieron los autores y penetrar en sus vidas.

Por Francisco AlbizÚrez Palma*


La literatura es una realidad que forma parte del pasado y del presente de un pueblo, y constituye un componente esencial de la cultura.

Por otra parte, el autor es un ser de carne y hueso, que comparte experiencias, preocupaciones, traumas, penalidades e ideales, con el resto de sus contemporáneos. Así, por ejemplo, Cervantes vivió en carne propia las aventuras y desventuras de la guerra contra los turcos; leyó a los grandes escritores del pasado y de los siglos XVI y XVII; sufrió penalidades económicas que, incluso, lo llevaron a la cárcel; en fin, vivió inmerso en unas etapas específicas de la historia española.

Visto lo visto, diremos que estudiar literatura no equivale tan solo al análisis retórico de unos textos o a la valoración estética de ellos. No. Esta posición reduccionista mutila la experiencia de leer o escuchar, es decir, ese proceso misterioso entre destinador y destinatario, gracias al cual el lector se implica en la relación entre autor-texto-contexto-destinatario.

Estudiar literatura equivale a sumergirse, por medio de los textos, en la época cuando surgieron, y penetrar en los aspectos principales de la vida de los autores, sin olvidar el estudio de las formas idiomáticas, puesto que la materia prima de la literatura es la palabra. Pero la especificidad del lenguaje debe verse en el contexto de la vida social y de la existencia del autor, como parte del caminar del idioma español.

Por ejemplo, estudiar las obras de nuestro polifacético José Milla requiere establecer las diferencias y las semejanzas entre la vida actual de Guatemala y la del siglo XIX; examinar las condiciones de vida de los habitantes de Guatemala, en las diversas clases sociales, en el siglo XIX; detectar las costumbres, las comidas, las palabras chapinas que usa Milla y comprobar si perduran o han muerto.

En este contexto, se avanzará en aspectos como el diseño de los personajes, la estructura de la obra de Milla que hayamos leído, el tipo de narrador, los modelos de la obra, la manera en que se construyen las oraciones, y paro de contar. Todo esto, tratando de que los estudiantes participen activamente en el desarrollo de la clase.

Pero, ¿qué son en verdad las clases de literatura en la abrumadora mayoría de centros docentes guatemaltecos? Pues no otra cosa sino aprenderse de memoria la vida del autor, leer algunos textos —que casi nunca se discuten en la clase— y que de ordinario son leídos por el alumno en cómodos resúmenes que se encuentran en internet, escuchar al profesor y tomar dictado de lo que dice, lo cual, muchas veces, consiste en contenidos de un libro que para el docente es su “chivo sagrado”.

Muchas veces me he ocupado de este tema a lo largo de mis casi sesenta años de docencia. Y se me ha ocurrido reincidir en él, al observar que en los nuevos pénsum para la formación de los docentes del nivel primario, se le concede lugar a varios cursos de literatura.

Ojalá que las actuaciones demagógicas de determinados sectores docentes y estudiantiles no frustren los esfuerzos destinados a elevar —por fin— al nivel universitario la preparación de los futuros docentes del nivel primario.

* De la Academia Guatemalteca de la Lengua

 

         
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