Semanario de Prensa Libre • No.439 • 23 de diciembre de 2012

Portada | Contacto | Directorio | Prensa Libre


   > D lector
   > D cartas
   > D todo
   > D memoria
   > D frente
   > D reportaje
   > D imágenes
   > D sociología
   > D reportaje central
   > D mundo
   > D farándula
   > D viajes
   > D sabor nacional
   > D lecciones de vida
   > D lo último

 


“Debemos llevar propuestas”
D frente

Elena Marcucci de Wolzak
“Compito contra mí misma”

Como una de las primeras nutricionistas en Guatemala, le tocó modificar menús y costumbres en hospitales y guarderías.


frente
ELENA MARCUCCI, con 91 años, se mantiene saludable y alegre.

Por ana lucía gonzález
Fotos esbin garcía

Aunque le tocó vivir en una época donde la mayoría de las mujeres no acostumbraban ingresar a la Universidad, desde su juventud, Elena Marcucci —91 años— supo que quería convertirse en profesional. Fue su hermana mayor, Francisca, quien la motivó a seguir la senda del estudio y luego sus profesores en el Instituto Belén.

Elena Marcucci de Wolzak es químico farmacéutica —colegiada 209—, obtuvo estudios de posgrado en Nutrición y Dietoterapia en la Universidad de Columbia, Estados Unidos, como parte de un programa de becas para los profesionales que integrarían el nuevo equipo del Hospital Roosevelt.

Ya retirada de su profesión, Marcucci comparte los inicios como profesional de la nutrición, para entonces, una novedad para los guatemaltecos.

¿Qué despertó su motivación en el estudio, a diferencia de muchas de sus compañeras?

Nací con la ilusión. Desde que comencé la secundaria yo quería ir a la universidad. Aún no había descubierto qué quería, pero lo que más me gustaba era la Química. Teníamos un magnífico maestro, Salvador Vides, quien nos motivó tanto, que allí fue donde tomé la decisión.

Imagino que también tuvo un ambiente familiar que motivara.

Fuimos 11 hermanos, siete mujeres y cuatro hombres. Yo fui séptima. Mi hermana Francisca nos llevó por el camino del estudio. Trabajó de maestra como 45 años. Desafortunadamente ella no sacó carrera, por ser la mentora en la casa.

¿Cómo era el ambiente universitario para las mujeres en ese entonces?

Originalmente quería estudiar Medicina. Aparte que me gustaban las ciencias, siempre consideré que tenía espíritu de servicio. Al final me incliné por Farmacia porque Medicina era algo horrible. Pensaban que uno no iba a estudiar, sino a saber qué. Por ejemplo, llevábamos un curso de Anatomía Descriptiva y teníamos que ir al anfiteatro a hacer disección de cuerpos. Para entrar había que pasar un corredor largo donde se ponían todos los estudiantes a lo largo a decirnos cosas. Duró como un año. Veían extraño que estuviéramos mujeres allí. Uno se acostumbra, pero nos hacían bromas. No era agradable, pero al final de cuentas uno lo supera, pues tiene un propósito. Me fui a Farmacia por ser la más parecida a Medicina. En ese entonces era una facultad más pequeña y organizada.

¿Cómo fue la experiencia de estudiar en Estados Unidos?

Creo que eso cambió mi visión del mundo. Ver todo lo que tienen y disfrutarlo. Me dieron una beca para estudiar Nutrición y Dietoterapia, en Columbia University, Nueva York. El Hospital Roosevelt fue hecho en esa época por el Gobierno de Estados Unidos, pero el gobierno del doctor Juan José Arévalo detestaba a los americanos. El hospital estaba terminado y no se abría, le llamaban el elefante blanco.

A su regreso debió ganarse el reconocimiento de los médicos.

La profesión de nutricionista era nueva aún allá. Todos pensaban que ser nutricionista era ser cocinera. Pero qué equivocados estaban.

Regresamos y aún no abrían el hospital. De esa cuenta, el director, Salvador Hernández Villalobos, me envió a asesorar el Hospital San Juan de Dios. En ese entonces había monjas que lo administraban y ellas hacían a su modo las cosas. Le dije que lo haría sin sueldo, porque no quería obligarlas. Sin embargo, me tocó una monja en la cocina que me aceptó con los brazos abiertos.

¿Qué cambios hizo en la dieta?

El menú principal era caldo. Todos creían que era el alimento más grande. Compraban cantidades de hueso de res que ponían a cocer con verdura y a los huesos les quitaban la poca carne que tenían.

Empezamos a poner más carne. Era más caro, pero reducía los costos de hospitalización, pues el menú era más nutritivo. Casi toda Guatemala comía cocido. Empezamos con menús y verduras cocidas. Debimos entrenar hasta para limpiar las verduras.

¿Qué otras mejoras logró?

Abrimos la primera clínica de dietética en consulta externa. Eran novedades. Me mandaban los pacientes para darles la dieta adecuada. Les decían “no coma esto, no coma lo otro”, pero no les daban opciones. Fui a hablar con el director y él escribió a los médicos que la clínica de dietética se estaba muriendo de inanición.

Mientras, ¿qué pasaba con el Hospital Roosevelt?

El Hospital se inauguró hasta el 15 de diciembre de 1955. Empezamos con Maternidad, lo cual se llenó en un día con 125 mamás. La cocina tenía el mejor equipo de entonces, todo de acero inoxidable. Participamos en la selección del equipo y la organización.

Una anécdota inolvidable fue el día de la inauguración. El director Hernández programó una demostración de la máquina de hacer tortillas y la hizo funcionar un día antes y todo salió a la perfección; sin embargo, al día siguiente llegó el presidente —Carlos Castillo Armas—, el arzobispo, el ministro de Salud y no funcionó la máquina. Fue el momento más amargo. ¡Ese día no salió ni una tortilla! Yo me sentí muy mal.

¿Qué aprendió de ese momento?

Que no todo es éxito en la vida. Hay sinsabores y fracasos. Yo las considero experiencias para hacer las cosas mejor.

Si usted se decepciona por un fracaso va a tener una vida difícil, muchas veces no salen las cosas como uno quisiera en la primera vez.

¿Cómo ve el problema de desnutrición en el país?

Creo que nunca vamos a salir de esto. Hice investigaciones con el doctor Ricardo Bressani en el Incap. La gente al venir a la capital arruina su dieta, pues dejan de comer tortillas y lo sustituyen por pan.

¿Cuál fue su trabajo en la Secretaría de Bienestar Social?

Elisa Molina de Stahl apoyó al presidente Enrique Peralta Azurdia con el trabajo social. Fue de lo más acertado. Ella continuó con los comedores infantiles y las guarderías.
Los menús eran malos, como el sistema de aprovisionamiento. Primero conocí el sistema y lo mismo del caldo, creían que era lo más nutritivo. Además, cada directora del comedor hacía compras y manejaba caja chica.

¿Ya había corrupción?

Sí. No me pareció el menú. Entonces lo adapté según las regiones y costumbres. Quitamos las cajas chicas a las directoras y se buscaron proveedores. Antes les daban leche en polvo donada por CARE. Ya existía la Incaparina, pero decían que les caía mal a los niños. Me negué a aceptar eso y dije que los casos se manejarían en forma individual. Al poco tiempo dejaron de mandar leche. Fue difícil introducir cambios.

¿Cuál de los programas sociales escogería para combatir la desnutrición en el país?

Creo que han hecho bastante, pero es insuficiente si la población sigue creciendo en esta proporción, no habrá la comida necesaria. Eso, más la educación. El campo en Guatemala es un paraíso para sembrar cualquier cosa.

¿Qué satisfacciones recuerda de esa época?

Todo lo que he hecho me ha gustado. Una de las cosas que me dio más satisfacción fue el trabajo social, pues tuve la oportunidad de conocer Guatemala. Los centros de trabajo social para madres fueron muy buenos porque se capacitaba a las mujeres en todo el país. Todas respondieron con mucho interés. También se implementaron campamentos de vacaciones para los niños.

¿Cuál es su secreto para mantenerse activa?

Ya retirados nos fuimos a vivir seis años con mi esposo a México. En esa época, pensé que no podía hacer arte y tomé un curso de repujado, lo cual me encantó. De regreso, cursé computación para adulto mayor. No soy experta, pero sé hacer lo que necesito.

Toda la vida pensaba que todo se podía hacer. Es de reconocer el apoyo de mi esposo, Johan Wolzak, quien siempre me animó a hacer cualquier cosa que fuera para superarme. No tuvo complejos con mi profesión. Con él tuvimos tres hijas.

Uno de sus pasatiempos es jugar golf.

Se cree que el golf es un deporte de viejitos, pero es difícil, aunque tiene la ventaja de que se puede practicar a todas las edades. Mi esposo murió de 94 años y jugamos hasta donde se pudo.

Competir le da a uno motivación. No es por el hecho de ganar, sino la emoción de hacerlo. Compito contra mí misma. Parte del juego es la competencia y hacerlo bien.

  • Elena Marcucci (1921) se graduó de Maestra y Bachiller en el Instituto Belén.
  • Es química bióloga con estudios de posgrado en Nutrición y Dietética en Estados Unidos.
  • Dirigió las primeras clínicas de nutrición en los hospitales San Juan de Dios y Roosevelt, y la Secretaría de Bienestar


   

© Copyright 2011 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.

www.prensalibre.com