El imaginario de Celso Lara

Personajes de leyendas y cuentos que el investigador fallecido recopiló son parte de nuestra rica literatura tradicional.

“Buceé en la magia de los personajes de las leyendas tratando de recrear su misterio, el ambiente de la ciudad: sus casonas y calles, sus fiestas tradicionales y su entorno natural. Con ello, entretejí recuerdos de niñez y adolescencia y construí así la trama de los cuentos”. Este es un extracto que aparece en el prólogo de la obra Leyendas y casos de la tradición oral de la ciudad de Guatemala (1984), de Celso Lara, quien rescató y trasladó al papel, de una manera amena, la rica tradición oral guatemalteca que, de no haber emprendido el antropólogo, fallecido el 29 de agosto, esta titánica labor, se hubiera perdido en el tiempo.

En su libro Por los viejos barrios de la Ciudad de Guatemala (2001), describía su profesión como investigador de las manifestaciones de la cultura popular tradicional en Guatemala. “Sus estudios académicos se han en caminado a desentrañar del olvido la literatura oral de su pueblo, a clasificarla, analizarla e interpretarla”, escribió Lara, quien comenzó a publicar poco después de haber cumplido 20 años.

Celso Lara, durante su labor de recopilación de literatura oral tradicional, en la década de 1970, mediante grabación de narraciones compartidas por personas de todo el país.

“La Llorona, el Sombrerón, la Siguanaba, la mariposa dorada, los rezadores de la Recolección y muchos más pertenecen al común de las gentes…. estos personajes forjados a lo largo de los siglos en el crisol de la historia de sociedades tanto indoeuropeas como latinoamericanas reflejan la síntesis de su pensamiento mágico-religioso y estético. Es el pueblo el que se ha encargado de decantarlos y de perfeccionar su imagen y quehacer”, expuso en el prólogo.

“Ellos —los personajes— existen porque tienen un oficio que cumplir, una función que desempeñar que el pueblo guatemalteco les ha otorgado y que a la fecha no han perdido, a pesar del progreso, la ciencia y la tecnología, porque viven en un tiempo y espacio definidos y representan su conciencia colectiva”, añadió.

“La literatura oral no tiene al papel y la tinta como medio fundamental de expresión. De ahí la necesidad de coadyuvar para que estas manifestaciones culturales no se pierdan”, instó el antropólogo, “al trasladarlas a la letra escrita con el fin de que permanezcan vivas para que el pueblo siempre las recuerde y se constituyan en fuente de identidad nacional, y que los jóvenes puedan, algún día, encontrar sus verdaderas raíces”.

“El licenciado Lara recopiló por primera vez la tradición oral grabando a cada narrador, registrando su nombre, edad y ocupación”, refiere Deyvid Molina, encargado del área de Religiosidad Popular del Centro de Estudios Folclóricos (Cefol) de la Usac, del cual fue director Lara. “Tuvo la suerte de conocer a los narradores de los barrios capitalinos durante la década de 1960 y 1970. Fueron cientos de grabaciones las que hizo”, indica. “Recuerdo que era muy perfeccionista y tenía gran habilidad para escribir a máquina. Sabía de muchos temas, era un erudito. Él me dio clases y siempre nos decía que había que sentirse orgulloso de nuestras raíces”, añade.

A continuación, algunos de los personajes que siguen vivos en la memoria del guatemalteco, gracias a la labor investigativa de Lara, descritos en sus libros consultados.

La Llorona y la Siguanaba

Se mueven en un ambiente nocturno, lleno de misterio. Ambas gustan de los lugares donde hay agua y son seres etéreos que vagan solitarios.

La diferencia fundamental entre ambos espíritus radica en el color de sus vestiduras. La Siguanaba sale vestida de blanco, en tanto que La Llorona, de negro; la primera se baña o se peina en los tanques con intenciones de perder a los hombres, y la segunda, busca entre las aguas a su hijo fallecido.

El nombre de Siguanaba se deriva de tziguán, que significa barranco en quiché. “Mi tío contaba que no le gustaba hacer lo que sus papás le decían. Se iba a sentar cerca de un barranco, donde había un bosque. Allí dice que le salió La Llorona y lo llamaba y lo llamaba y él entre más rato pasaba no podía caminar. Le contó a sus papás lo que le había pasado, pero ellos le dijeron que era por no obedecerlos”, es el extracto de una leyenda recopilada en Viejas leyendas de Guatemala vueltas a contar (1980). La Siguanaba se hace seguir por los hombres y luego de una larga persecusión, los pierde en algún barranco. No muestra la cara, pero lo hace cuando ya se ha “ganado” al hombre quien se perturba al ver que es de caballo.

El Tzitzimite

Se le conoce como Tzipitío, Tzipe, Sombrerón o Duende. La palabra tzi viene del quiché y se traduce como perro. Aunque podría provenir del náhuatl tzitzimitle que significa demonio.

El Tzitzimite es “un hombrecito muy pequeñito, vestido de negro, con un gran cinturón muy brillante. Tiene un sombrero negro, pequeño también, y unas botas con tacones que hacen ruidito”.

A este personaje le gusta “subirse a los caballos y hacerles nudos en la cola y en las crines. Estos nudos, que son así de menuditos, ‘cuesta un bigote’ deshacerlos’”. Al Tzitzimite también le agrada perseguir y molestar a las mujeres de pelo largo y ojos grandes.

Cuando le gusta alguna muchacha, no la deja ni a sol ni a sombra: se le aparece en las noches cuando está dormida, y después de haberle enredado el pelo, le baila y le canta con su guitarra. También se le aparece a las horas de comida y le echa tierra en el plato. No la deja comer, por lo que la joven mujer se va adelgazando.

De acuerdo con la idea popular, el Tzizimite tiene la altura de un dedo de la mano y cabe escondido en la almohada. Es un espíritu juguetón y doméstico. Su sombrero es tan grande que tiene que arrastrarlo, recorriendo a la hora del crepúsculo ciudades y campos. Cuando encuentra a la mujer de sus amores, amarra sus mulas al primer poste que encuentra, descuelga su guitarra que lleva al hombro y empieza a cantar y bailar.

En la tradición indígena este personaje también está arraigado. Tzitzimite es una figura de primer orden en la cosmogonía indígena, puesto que con ese nombre se conoce al brujo indígena.

“El Sombrerón era el personaje favorito de Lara. Él decía que su mayor frustración había sido nunca haberse encontrado con alguno de estos seres sobrenaturales, a quienes los hacía ver más humanos porque sufren como se lee en la leyenda Las lágrimas del Sombrerón”, asevera Molina.

“Confieso que la leyenda del Tzizimite es, en mi opinión, la que tiene mayor poesía popular, y que es el personaje más fascinante de la tradición oral de la ciudad de Guatemala”, escribió Lara en Leyendas y casos de la tradición oral en la Ciudad de Guatemala.

El Cadejo

Es el espíritu que cuida el paso tambaleante de los borrachos. Guardián de los hijos de Baco, “es un animal en forma de perro negro, lanudo, con casquitos de cabra y ojos de fuego. Su tarea es perseguir y cuidar que no les pase nada a los ‘bolos’ que se quedan tirados en las calles. Sigue a los que están en peligro y los deja cuando este ya ha pasado”.

Pero si bien El Cadejo es un espíritu protector, debe tenerse cuidado con él, ya que al beber demasiado y con frecuencia, “lo puede ‘trabar’, pues si se lo encuentra a uno tirado y le lame la boca, ya lo ‘jodió’ para siempre, pues entonces uno jamás se compone.

El Cadejo acostumbra seguir por nueve días al hombre que le ha lamido la boca y no lo deja en paz. No es un espíritu perjudicial. No ataca, sino solo en casos extremos, por lo que no es motivo de mucho pánico encontrarse con él. Hay plegarias específicas para atraer la gracia protectora de El Cadejo. No es una práctica mágica usual que proteja contra los efectos de este perro negro, lanudo y misterioso.

“Cuando el Cadejo sale a asustar a los borrachos en las calles empedradas de Antigua Guatemala, se oyen sonar en las piedras sus pezuñas de cabra”. También se afirmaba que les daba facilidades para continuar bebiendo. Si lo hacían de forma exagerada, los borrachos se morían, “entonces ese espíritu maligno (El Cadejo), o sea, el propio diablo, se ganaba su alma”. En Petén aparece como cadejo blanco, que cuida a las mujeres. Por esa zona El Cadejo “es un chucho blanco, lanudo y grande, que acompaña a las mujeres cuando van a acarrear agua”.

La Tatuana

Es una de las más bellas leyendas del folclore narrativo de América. Según versiones del folclor histórico, La Tatuana era una mujer real que vivió en época colonial y en la década de 1830, durante el gobierno de Rafael Carrera, se indica en la obra Leyendas populares de aparecidos y ánimas en pena de Guatemala (2002).

Era una bruja condenada por la Inquisición a ser quemada viva en la Plaza Mayor de Santiago de Guatemala, que fue arrestada por orden del Capitán General y encerrada en una bartolina. “La Tatuana pidió una gracia: que le fuera entregado un pedacito de carbón. Así lo hicieron los soldados. Al tener en sus manos el trozo de carbón, dibujó en la pared un barquito, se subió en él y voló por entre los barrotes. Al entrar los guardias para llevarla a la hoguera, lo único que encontraron fue un terrible hedor a azufre. Se la ‘había ganado’ el diablo”. Era una bruja que dominaba todas las artes de la magia negra y era amiga del demonio.

En el siglo XIX la leyenda tenía plena vigencia. El historiador Antonio Batres Jáuregui hizo mofa de ella diciendo que era uno de esos espantos que no solo quitaba el sueño a los niños sino también a los adultos.

La Dama de los Nueve Sagrarios

Sucedió antes del terremoto —de 1917-1918—. Un señor tenía un landó —carruaje— y hacía viajes por la ciudad; cierto Jueves Santo por la noche, por la Calle del Cementerio, vio a una señorita vestida de negro y con velo en la cara.

Le pidió que la llevara a todas las iglesias a visitar sagrarios; así lo hizo el cochero. Al terminar el recorrido, la mujer le pidió que la regresara al mismo lugar donde la había encontrado. Al bajar, le dijo que no tenía cómo pagarle en ese momento pero que fuera a una dirección que le escribió en un papel y que allí le pagarían el valor de la carrera. Como garantía, le entregó una cadenita que tenía en el cuello.

Luego, la mujer se internó en el cementerio. El cochero, extrañado, fue al otro día a la casa que le había indicado la dama, por el Callejón de la Cruz, donde le dijeron que aquella muchacha que había llevado a ver sagrarios había muerto hacía un año. Mercedes era su nombre”.

La Mariposa de Oro

Sucedió por Candelaria. La casa de mi abuelita es muy grande y muy vieja. El patio está sembrado de árboles y hay una gran pila en medio.

Una noche, mi prima Carolina y yo estábamos sentados cerca de la pila, cuando se apareció del fondo una mujer que pasó de allí al corredor de enfrente; parecía que iba en el aire; iba vestida de blanco con la cara muy pálida y el pelo negro que le caía por la espalda.

Mi abuelita dijo que desde que se había muerto el abuelo esa mujer molestaba todas la noches. Pero a mi prima, Carolina, le pasó lo peor con ese espanto. Un 7 de diciembre estábamos quemando al diablo y habíamos hecho un gran fogarón, cuando después que Carolina entró en la casa oímos un grito.

Entré corriendo y la vi tirada en la grama y vi una mariposa dorada, tan dorada como el oro, que se elevaba al cielo. Carolina nos contó que cuando ella trataba de saltar un charco, la mujer vestida de blanco le dio la mano y ella se asustó y gritó. Se encomendó a Jesús de Candelaria y vio a la mujer convertirse en mariposa. La mano que le tocó, le quedó para siempre delgada”.

Pedro Urdemales

Lara indica en su obra Cuentos Populares de Guatemala (1982) que la riqueza de cuentos populares guatemaltecos intentan formar conciencia acerca de algunos elementos que conforman nuestra identidad nacional.

Uno de los personajes de este género literario, mencionado a Lara por los “cuenteros”, es el de Pedro Urdemales, que personificaba la astucia y siempre buscaba la manera de salirse con la suya con artimañas, con las que antagonizaba y ridiculizaba a los “curas, ricos y chafas”, según el artículo Las andanzas de Pedro Urdemales, Tradiciones de Guatemala (1978).

“Cuando Pedro trabajaba en la casa del rey, este le decía que fuera educado y que ‘hiciera a la modesta (modestia)’. Pedro obedeció, pero como en la casa había una sirvienta llamada Modesta, entonces Pedro la seguía durante todo el día.

El rey le llamó la atención por tal actitud y le explicó que ‘hacerse a la modesta’ significaba ser educado y respetar. En otra ocasión, el rey le ordenó ordeñar al toro. Pedro se extrañó de tal petición y se afligió, pues era imposible. Entonces fingió buscar su maleta y el rey le preguntó por qué no estaba lista su leche.

Pedro le dijo que buscaba un telegrama que decía que su padre estaba de parto. El rey le dijo que no podía suceder, y Pedro le dijo al rey que tampoco era posible que un toro diera leche”.

Don Chebo

Molina refiere que este personaje existió en la realidad. Se llamaba Eusebio Ibarra, quien vivió en Quetzaltenango, y era un comerciante con poder adquisitivo alto, y que representa a la ingenuidad.

“Un día Don Chebo se despidió de su esposa, Maruca, y se fue a vender su hermoso caballo. Por el camino se encontró con un hombre que llevaba una vaca, entonces hicieron el cambio. Después, la vaca fue cambiada por una cabra, esta por un cerdo, este por un chompipe, este por una gallina y esta por una canasta de manzanas podridas. Don Chebo regresó a su casa y contó todo lo sucedido a su mujer, quien lejos de enfadarse, celebraba todo lo que decía su marido, porque a falta de dientes, estas manzanas sí las podía comer. Los compradres que vieron todo lo sucedido con asombro le regalaron 500 pesos a la pareja ‘por ver que los dos eran chebos’”.

“Lara recopilaba cuentos y leyendas con toda su esencia, con las muletillas del lenguaje popular. Él le dio visibilidad a algo que estaba oculto”, refiere Érick Fernando García, encargado del Área de Oralidad y literatura tradicional del Cefol. “Tenía una habilidad magnífica de redactar y relacionar personajes para que tuviera sentido y lógica, en una lectura entretenida”, añade.

Tío Coyote y Tío Conejo

Son figuras de honda significación en la temática de la literatura popular guatemalteca.

Tío Conejo representa, dentro del mundo de las clases dominadas, un personaje clásico, impugnador de valores y al que se le transfieren acciones de victoria, con jactancia, se explica en Tío Conejo y Tío Coyote en la literatura tradicional guatemalteca (1979).

Tío Coyote suele ser vencido por el conejo con astucia, como se evidencia en un extracto de este cuento: “¡No me coma tiíto!’, le dijo Tío Conejo a Tío Coyote. ‘Tenga un zapotío bien maduro’, le dijo y se subió a un zapotal. ‘Mire, hay uno verde, así grandote, ¡mire!, este está bien maduro, abra la boca tiíto’, le dijo Tío Conejo. Abrió la boca Tío Coyote y dejó ir con fuerza el zapote y ¡zas!, se lo metió hasta el ‘galío’, estaba verde. ‘Ah, hijo ‘e cien p…, ahora sí te como”, le dijo Tío Coyote. ¡Ja!’”.